Desde entonces…  

El pasado martes nos recordó que el 13 de enero, de 1947, estalló el desencuentro político que venía de lejos y abriría el camino para una de las mayores tragedias que padeció el país. Ese día, también, fue el fin de la “primavera democrática” que duró seis meses escasos, pero intensos y esperanzadores. El pueblo recuperó el derecho a expresar su preferencia partidaria sin temor a represalias.

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Las calles y las plazas se llenaron de hurras, banderas, discursos de todos los tonos. El ambiente era lo más parecido a una democracia. Lo curioso era que esa democracia estaba siendo vigilada por un dictador, el general Higinio Morínigo, que en el Palacio de Gobierno o Mburuvichá Roga escuchaba, impotente, los insultos de una población que desde hacía años procuraba ser libre.

“La primavera democrática” estaba sostenida con dificultades por tres pilares tambaleantes: el Partido Colorado, el Partido Febrerista y militares. Se le conoció como Gobierno de Coalición que devino Gobierno de Colisión.

En su amado sillón presidencial, el general Morínigo se frotaba las manos. Veía que pronto volverá a gobernar. Los Partidos en el poder se iban en fricciones por cualquier motivo. La endiablada astucia de Morínigo le dictó que un ministerio sería una presa apetecible para todos. No se equivocó. Colorados y Febreristas querían quedarse con ese ministerio. Resultado fatal: Los febreristas se enojaron porque se iban a quedar con un ministerio menos que los colorados y salieron del gobierno. Fue el gran regalo de cumpleaños que recibió Morínigo.

El sábado 11 de enero de 1947, el dictador convocó a la cúpula de las Fuerzas Armadas en Mburuvichá Roga. Quería saber la opinión de los militares ante el descalabro de la Coalición; qué se podía hacer del Partido Colorado. ¿Pedirle que se retire también? Luego de un breve intercambio de pareceres, los altos jefes militares resolvieron, en mayoría, prescindir del coloradismo y que Morínigo presida en gobierno militar. Su misión será instalar una Convención Nacional Constituyente que dicte una Constitución democrática en reemplazo de la Carta Política de 1940, bastante autoritaria.

El acuerdo y el cumpleaños de Morínigo se festejaron con champaña y bocaditos. La reunión concluyó con el compromiso de que todos volverían a encontrarse el lunes. El dictador daría a conocer los nombres de los militares que integrarían el nuevo gobierno con el compromiso de que recibirían el apoyo irrestricto de las Fuerzas Armadas para encausar el país por el sendero de la paz, el orden, la decencia. Todos salieron emocionados por la actitud cívica de Morínigo, dispuesto a sujetar su gobierno a una Constitución por la que desde hacía tiempo se venía clamando.

A la hora convenida, los militares regresaron el lunes a Mburuvichá Roga para conocer el nuevo gobierno. Morínigo les anunció que todo el día domingo había trabajado con la mirada puesta en el bienestar del país; que había decidido, conforme a su conciencia y los altos intereses nacionales, gobernar con los colorados; “con este Partido –recalcó- nuestro país caminará por la senda…”. Ya nadie le escuchó. Los militares salieron visiblemente molestos. Morínigo, de nuevo, cedió a su naturaleza taimada, tortuosa, que pronto tendría un efecto nacional catastrófico.

Los militares se sintieron humillados por tamaña afrenta. Muchos de ellos –que se dieron en llamar “institucionalistas”- se dieron a la conspiración que se concretó el 8 de marzo de 1947, con el levantamiento armado en Concepción. Para que sea más trágico este suceso, se originó en un malentendido. En la víspera, un grupo de febreristas asaltó el Cuartel Central de Policía. Los conspiradores que estaban en Concepción creyeron que esa era la señal para el inicio de la revolución que duró cinco catastróficos meses. Las fuerzas gubernamentales ganaron –es un decir- a los revolucionarios.

Morínigo fue expulsado del gobierno por los colorados un año después de que los llevara al poder. Desde entonces…

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