En Paraguay, mientras los titulares publican feminicidios —35 en 2025, según el Departamento de Investigación de Homicidios—, otra cifra clama en silencio y con más fuerza: 564 suicidios registrados el año pasado, y ya 34 solo en los primeros días de 2026. Detrás de cada número hay un nombre, una madre que ya no abraza a sus hijos, un padre que se fue sin despedirse, un joven que sintió que el mundo era demasiado pesado para seguir cargándolo.
Los feminicidios duelen porque es violencia machista, porque dejan huérfanos —en 2025, la Fiscalía reportó decenas de niños sin madres, con agresores que a menudo eran parejas o exparejas—. La Ley 5777/2016 ha abierto puertas a denuncias, ha hecho que más mujeres griten «¡basta!», y eso es un avance. Pero ¿por qué tantos agresores terminan quitándose la vida después, o por qué tantos hombres acumulan rabia hasta explotar en tragedia? Porque la raíz no es solo el machismo: es una salud mental en ruinas que nadie atiende a tiempo.
Los números queman: en 2023, 634 suicidios; 2024, 643; 2025, 564. Y el reporte más fresco de la Policía Nacional, del 14 de enero de 2026, ya cuenta 34 casos en un solo mes.
En Paraguay, 9 de cada 10 personas que se quitan la vida tenían un trastorno mental no tratado. La pandemia agravó todo: aislamiento, desempleo, miedo. Luego vino el ciberacoso, el bullying digital que destroza a los más jóvenes. Hospitales pediátricos reportan decenas de intentos en niños de 10 a 18 años. Y sin embargo, los recursos son escasos: pocas líneas de ayuda 24/7, estigma que impide pedir auxilio, presupuestos que no alcanzan.
Todos son víctimas de la misma epidemia invisible: una sociedad que habla mucho de leyes penales, pero poco de curar el alma.
Paraguay es solidario con el mundo, envía ayuda a desastres lejanos, abraza al que sufre afuera. ¿Por qué no nos abrazamos primero a nosotros mismos?
Cada suicidio es un grito que no escuchamos. Cada feminicidio, a menudo, es el final de una cadena de dolor mental no atendido. Necesitamos centros de salud mental en cada barrio, terapeutas capacitados, campañas que digan ‘pedir ayuda no es debilidad, es valentía´.
Porque cada vida perdida no es solo un número. Es un vacío que nunca se llena. Es una familia que nunca vuelve a ser la misma. Es Paraguay sangrando por dentro, y el silencio duele más que cualquier herida visible.