¿Por qué lo permitimos?

Las leyes del seguro social europeo, especialmente españolas, que sirvieron de modelo a la versión paraguaya -léase IPS- vigente desde 1950, funcionaron al inicio en forma bastante eficaz: un sistema solidario donde trabajadores y empleadores aportan determinado porcentaje para garantizar salud y jubilación. Así lo expresa su Ley orgánica, donde está definida como una institución autónoma, técnica, profesional. Sus bienes patrimoniales -por lo menos los inmuebles- no pueden enajenarse. Hasta ahí, se hicieron muy bien las cosas.

El modelo es sencillo: todos quienes estamos en el sistema aportamos, mes a mes, sin poder optar por la objeción de conciencia ni botón de “salir del sistema”. Es un derecho y una obligación a la vez. Los portales indican que, en el momento de precisarlo, recibiremos atención médica digna. Pero basta entrar 10 pasos a IPS Central para entender que este contrato de adhesión está irremediablemente roto.

La administración debería ser profesional, eficiente y transparente. La verdad es que parece un experimento sociológico: ver cuánto puede aguantar una población antes de resignarse por completo. La mafia está instalada en todas partes: compras fraguadas, turnos pagados, insumos sobrefacturados, igual que cirugías, trámites y trato humano, todo retorcido.

Las historias ya ni sorprenden: pacientes que llegan de madrugada para conseguir números, cirugías suspendidas por falta de materiales básicos, médicos exhaustos haciendo malabares con lo poco que hay. Todo esto, en una institución que maneja millones y millones de dólares al año.

La pregunta incómoda: ¿cuántos aportarían voluntariamente si no fuese obligatorio? ¿Cuántos pondrían su plata cada mes sabiendo que, si la necesitan, deberán pelearla como si fuera un favor personal y no un derecho adquirido? Y a estas preguntas sigue otra complicada: ¿Y dónde se haría atender esta gente en tal caso?

Debería darnos vergüenza, pero ni ahí. “Yyy, es IPS”, decimos, y con esto está justificado. Sin sorprendernos, sin indignarnos, sin consecuencias. Solo aplicando la resignación, una forma cobarde y perezosa de la derrota.

Lo visible por fuera: la dejadez edilicia, la suciedad en pasillos, baños que dan asco, caos interno para desorientar a cualquiera, y un maltrato al asegurado que va desde la indiferencia hasta el destrato abierto. Todo normalizado. Todo aceptado.

Más grave que la precariedad material, es la moral. Multitudes alentando a equipos de fútbol -que para más juegan mal- pero nadie manifestándose contra esto. Tener que agradecer una buena atención, debiendo ser esa la regla. ¿Qué es lo que nos falta como sociedad, en qué parte de nuestra historia nos trancamos así?

Mirémonos todos como nación y preguntemos: ¿por qué permitimos esto? ¿En qué momento nos tomaron prestada —porque la dignidad jamás se puede robar— el orgullo a los paraguayos? ¿En qué momento empezamos a consentir que los ciudadanos sean tratados de esta forma?

Demasiado irónico que, mientras atraemos inversión internacional y nos ufanamos de tener crecimiento y modernidad, tratemos a nuestros propios conciudadanos como si estuviéramos a la altura del país africano más miserable. Y no es por falta de recursos, sino de voluntad política, y cobarde complacencia.

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