Se escucha desde hace años que el transporte público va a cambiar. Que habrá una alternativa al bus, que se convirtió en una chatarra andante, con desperfectos que genera retrasos, accidentes y un caos vial que castiga a los que no tienen otra opción.
Viajar desde Areguá u otra ciudad hasta Asunción, un camino que debería tomar minutos, hoy puede demandar hasta 120 minutos en hora pico. Se viaja apretado, incluso en la escalerilla, con la incertidumbre de no saber si se llegará a tiempo.
En ese contexto, el tren aparece como una promesa esperanzadora. Según se anunció, tendría 12 estaciones y una capacidad estimada de 40.000 pasajeros diarios. Esta iniciativa es fenomenal, pero, ¿realmente la ciudadanía va a creer este cuento chino?
Hay que mirar los proyectos anteriores y que la ciudadanía decidió creer. Ya se anunciaron inversiones extranjeras, se firmaron acuerdos, se vendieron proyectos como símbolos de progreso, pero nunca llegaron a concretarse.
El metrobús es el ejemplo más cercano, con millones de dólares, obras inconclusas y ninguna solución real. Esta iniciativa dejó una cicatriz que recuerda cómo el entusiasmo puede convertirse en frustración.
Llama la atención el momento elegido de anunciar esta iniciativa. Mientras el país pasaba por una fuerte crisis por la reforma de la Caja Fiscal, con docentes, magistrados y trabajadores de la salud movilizados por el impacto sobre sus jubilaciones.
Cabe aclarar que la idea de implementar una alternativa de transporte es positiva. Pero un sistema de transporte moderno no se construye con discursos desde lejos. Se hace con planificación, control y, sobre todo, con instituciones capaces de ejecutar sin corrupción. En este caso, Fepasa está lejos de todo eso.
Si este proyecto queda en manos de la misma lógica política que fracasó antes, entonces no será un tren de cercanías, sino de lejanía. Será otro símbolo de promesas que se descarrilaron. Ya no necesitamos un proyecto más que espera inversiones, necesitamos que, alguna vez, el tren llegue de verdad.
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