Y así, muchas mujeres de nuestro país crecieron creyendo que el amor verdadero implicaba poner al otro primero: callar, tolerar, sufrir en silencio, incluso cuando eso significaba abandonarse a sí mismas. El problema aparece cuando el bienestar propio empieza a desaparecer y la somatización hace lo suyo.
Como dice el viejo refrán, el cuerpo habla lo que el corazón calla. Y muchas descubren —a veces demasiado tarde— que amar nunca debería implicar perder la voz, los límites o la tranquilidad. El amor sano no se sostiene desde la renuncia constante, sino desde el cuidado mutuo.
El terapeuta estadounidense Harville Hendrix sostiene que las relaciones están para ayudarnos a crecer, no para achicarnos. El vínculo debería ser un espacio donde podamos ser quienes somos, no un lugar donde tengamos que sobrevivir emocionalmente.
Sin embargo, en la práctica clínica es frecuente ver relaciones en las que una de las partes se adapta tanto, por miedo a perder al otro, que termina por no reconocerse. Y eso, lejos de fortalecer el lazo, lo desgasta lentamente. El silencio acumulado, el resentimiento y el cansancio emocional suelen ser las primeras señales de que algo no está bien.
Quizás este 14 de febrero sea una buena excusa para preguntarte: ¿este amor me cuida?, ¿puedo ser yo sin miedo?, ¿hay espacio real para mis necesidades? Las respuestas no siempre son cómodas, pero suelen ser claras.
Porque amar no es aguantar. Amar no es resistir el dolor en silencio ni sacrificarse hasta desaparecer. Amar es construir una vida más plena con el otro, sin dejar de ser una misma. Y ningún vínculo debería pedirte que te pierdas para poder sostenerse.