Y después, sin decirlo en voz alta, esperamos que las mujeres de hoy hagan lo mismo.
No con oro...
Con tiempo.
Con cuidado.
Con trabajo no remunerado.
Con paciencia institucional.
Con vocación infinita.
Con el famoso “ponerse la camiseta” cuando el sistema no alcanza.
La joya cambió de forma. El mandato, no tanto.
El gesto de 1867 fue extraordinario porque fue extremo. Fue una decisión política en un contexto límite. Pero más de 150 años después, seguimos narrando la identidad femenina nacional alrededor del sacrificio silencioso, de la entrega total, del sostén incondicional. Seguimos resaltando a la que da todo… sin preguntar por qué tiene que darlo.
Y ahí es donde la metáfora se vuelve incómoda. Porque si la mujer paraguaya es “la joya del país”, entonces hay que preguntarse:
¿quién la talla?
¿quién la exhibe?
¿quién se beneficia de su brillo?
¿y cuánto le cuesta, a ella, seguir brillando?
Hoy las mujeres siguen entregando. Pero no en bandejas de plata ni en cofres de terciopelo. Entregan horas de trabajo comunitario, liderazgos en territorios donde el Estado llega tarde, educación cuando el presupuesto no alcanza, arte cuando la cultura es lo primero que se recorta, y cuidados cuando todo lo demás falla.
Entregan conocimiento.
Entregan esfuerzo.
Entregan capital social.
Entregan estabilidad emocional a instituciones que no siempre las reconocen.
La joya del Paraguay ya no es metal: es acción.
Pero cuidado: cuando la entrega se vuelve expectativa, el sacrificio empieza a parecerse demasiado a una obligación. Y cuando el elogio funciona como mandato —“la más gloriosa”, “la más abnegada”, “la que todo lo puede”— lo que se celebra también puede ser lo que se exige.
Por eso, este 24 de febrero, tal vez el verdadero homenaje no sea agradecer otra vez. Tal vez sea dejar de esperar que den.
Pasar de los aplausos por “darlo todo” a más justicia por lo que merecen. Del “gracias por todo” al “esto nos corresponde”.
Porque si la mujer paraguaya es la joya del país, entonces ya es hora de que el país deje de vivir de su empeño.
Porque las joyas no se cuidan solas, y las naciones tampoco deberían sostenerse sobre el sacrificio eterno de la mitad de su población.