La historia nos demuestra así que desde siempre el hombre busca la forma de demostrar su poder, sin que le importe el bienestar de los demás, y mucho menos la convivencia democrática. Lo que sucede en nuestro país en el plano político es puro ejemplo de esta soberbia de poder, donde los mal llamados líderes intentan imponer sus caprichos a la hora de elegir a los gobernantes.
Así se fortalecen los famosos clanes, donde integrantes de una familia son siempre los elegidos para ejercer la titularidad de algún cargo de relevancia, y lastimosamente lo consiguen gracias al poder económico que vulnera la sociedad corrupta en la cual vivimos.
Cónyuges, hermanos, padres, primos y hasta hijos son los seleccionados para los cargos de intendentes, gobernadores, concejales, senadores y diputados, con lo cual se asegura continuar el mando para disfrutar de todo beneficio a través del poder.
En el Alto Paraguay se da también este fenómeno, donde los principales exponentes, como el diputado José Domingo Adorno y el gobernador Arturo Méndez, ambos colorados del sector cartista, imponen a sus respectivas parejas sentimentales para la función de intendente, una de Puerto Casado y la otra de Fuerte Olimpo.
No tenemos ningún reparo contra ambas mujeres, se merecen todo nuestro respeto. No dudamos que son excelentes madres y amas de casa, pero ¿qué conocimiento podrán tener para administrar un municipio? Desconocemos la formación académica de las mismas.
El clan de los Adorno, encabezado por el mismo diputado, el intendente de Carmelo Peralta Silverio Adorno, primo; el saliente y polémico jefe comunal de Puerto Casado, Hilario Adorno, condenado a 3 años y 8 meses de cárcel por hechos de corrupción, hermano del parlamentario, y ahora pretende imponer para ese cargo a su propia esposa.
Por otro lado, y con una reciente ascensión política, el gobernador pretende ubicar como jefa comunal a su pareja sentimental; a ambos supuestos líderes, como los llaman sus seguidores, lo único que les interesa es demostrar la sed de poder en el cargo, aunque para ello deban pisotear la dignidad de las personas.
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