Al partir el pan

Estamos en tiempo de Pascua, que va hasta el día de Pentecostés, que será el 24 de mayo. Estos cincuenta días deben ser de exultación y de esperanza, pues el Señor Jesús, vivo y Resucitado, camina con nosotros.

El Evangelio de hoy, conocido como “Los discípulos de Emaús”, narra el emocionante encuentro de Cristo con estos hombres, que viajaban desilusionados. Es el modo como el Señor actúa: se acerca también a nosotros cuando nos sentimos pila’i, camina junto a nosotros y trata de darnos aliento y motivación. Sin embargo, hay ciertos requisitos para que este encuentro funcione bien.

Él se aproxima a ellos, quienes en un primer momento no lo reconocen, aunque se establece un magnífico diálogo en el que presentan al Señor el motivo de su decepción. Nosotros, hoy también debemos manifestarle a Él nuestros problemas y, mejor todavía, si lo hacemos en clima de silencio, de oración y de confianza.

Enseguida, Cristo hace una afirmación que, seguramente, no nos gustaría escuchar, si bien tenga mucho de verdad: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! Infelizmente, la mayoría de los católicos conoce muy poco de los profetas bíblicos.

Jesús, lleno de paciencia, les interpreta las Escrituras, pues para crecer en la fe hay que crecer en el conocimiento de su Palabra, que es la explicación de su proyecto.

Cuando llegaron a su destino, invitaron al Señor a entrar en su casa. Lindo ejemplo también para nosotros: invitar a Jesús a entrar en nuestra casa, en nuestro corazón y en nuestros horarios. Pues, si estamos siempre con cien ajetreos y mil carreras, hay un riesgo de que Él pase adelante y nuestra vida se quede más vacía, solo llena de egoísmo y burbujas. Además, con burnout.

Jesús entró en la casa, sentado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese insuperable momento ellos le reconocieron.

Son los cuatro gestos claves de la Eucaristía: tomar el pan, bendecir, partir y repartir. Este es el itinerario para encontrarse profundamente con Cristo resucitado: al partir el pan.

El “partir el pan” es un gesto religioso, pero tiene que iluminar toda nuestra existencia, llevándonos a partir y repartir los dones que uno tiene, como la fe, la alegría, la disponibilidad y la inteligencia. Asimismo, partir y compartir los bienes que uno posee, de modo generoso, sin tacañería y sin esquivar situaciones de compromiso comunitario.

Este desprendimiento hace arder el corazón y suscita entusiasmo en la vida.

Paz y bien

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