Ya no está don Damián

Como todos los domingos, fuimos a comprar el diario. Una rutina que habíamos interrumpido por distintos motivos por un par de semanas y que ahora retomábamos. El puesto de don Damián está ubicado estratégicamente en el paseo central de la Avenida Brasilia, y hacia allí nos dirigimos.

En ese lugar, junto a todos los periódicos impresos, ofrecen a sus clientes -que incluso hacemos cola- los diarios y también, en los días de calor, remedios yuyos que lavan y machacan. Está bien, detener el vehículo a la mano izquierda, aún con luces de stop -que en Paraguay valida la acción- no es lo correcto, pero tenemos a nuestro favor que los domingos el estrés de la gente está en su punto más bajo, así que todos hacemos la vista gorda a algunas cosas.

Alguna vez don Damián nos contó que fue taxista, pero cuando ya no le dio la espalda y menos la vista -según sus propias palabras-, empezó a dedicarse a esto junto a su esposa Ña Olga, y les alcanza “para salvar la jornada y darse algunos pequeños lujos”. Un placer siempre intercambiar algunos comentarios con ellos, que no interrumpen sus tareas de acomodar los diarios mientras comentan algún tema político y se ceban tereré entre venta y venta.

Hubo tiempos en que todos los barrios tenían sus canillitas. Tempranito pasaban, voceando su presencia con mucha astucia, al punto que se les compraba hasta sin tener demasiadas ganas de leer. Cada uno tenía su zona, su clientela y una suerte de exclusividad territorial que respetaban entre ellos... y que algunas veces se tenía que refrendar con un folclórico y gallardo “soquí”.

También estaban los puestos fijos. Algunos pequeños y humildes, otros enormes kioscos repletos de revistas, fascículos, figuritas y golosinas. Allí el barrio podía enterarse de las noticias, pero también eran un punto de encuentro para conversar de política, fútbol o del clima. Auténticos sitios de networking antes de que esa palabra se inventara y mucho antes también de que las redes sociales inventaran la falsa ilusión de comunidad.

Pero la tecnología y la digitalización fueron cambiando todo. Primero llegaron los portales digitales, luego las redes sociales y finalmente la costumbre de leer titulares rápidos desde el teléfono. El diario impreso empezó a parecer lento para una época obsesionada con la inmediatez. Se imprimen cada vez menos ejemplares y claro, esto generó cambios.

Los primeros en desaparecer fueron los canillitas. No hubo homenajes ni despedidas. Un día, así nomás, dejaron de pasar por las calles. Luego cerró un puesto en el centro, le siguió el de la esquina del barrio. Poco a poco, la ciudad perdió un oficio que, aunque pequeño, le daba identidad y cercanía humana.

La cuestión tiene muchas aristas. Antes las noticias se vivían de otra forma. El diario se esperaba con impaciencia, queriendo saber más sobre esa noticia que se escuchó de paso en la radio. Cuando llegaba, se desplegaban las páginas con calma, se leía y se discutía en familia o entre colegas. Hoy la información se consume repetida y a toda velocidad “usted se informó primero ennnnn…”

El domingo pasado quedamos al costado del paseo central, pero el puesto ya no estaba. Ni los diarios, ni los yuyos… ni la sonrisa amable de Ña Olga acomodando las cosas. Un pasante adivinó nuestra duda y comentó: “Parece que se dejaron de esto, hace 2 o 3 semanas que ya no vienen”. Quisiera pensar que se autojubilaron, más que merecido después de tantos años de trabajo. O quizás las menguadas ventas les pasaron factura y ya no cerraba la ecuación entre esfuerzo y ganancias.

Como sea, la ausencia de estas dos lindas personas se va a extrañar sobre Brasilia. Porque allí no desapareció solamente un puesto de diarios, sino un pequeño pedazo de una ciudad que cada día se parece menos a sí misma.

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