Insisto, este debate es muy saludable. Significa que el himno sigue importándonos. Que no está escondido en un libro de historia ni reservado para algunos pocos actos protocolares. Sigue vivo porque sigue despertando algo -o mucho- dentro nuestro.
Debe su letra al charrúa Francisco Acuña de Figueroa, autor también del himno de su país natal. Y acompañado por la música atribuida a Francisco José Debali, esta bella obra nos acompaña desde mediados del siglo XIX en las alegrías, los golpes y las tragedias de nuestra nación.
De chicos, lo cantábamos en la escuela medio por obligación. Más adelante, ya de adolescentes, hay que confesar honestamente que lo hacíamos con cara de velorio. Eso forma parte de una etapa de la vida en la que uno cree que todo lo establecido merece cuestionarse.
Pero con los años algo cambia. Uno empieza a entender el valor de las tradiciones. Descubrimos que el himno no es una orden ni un trámite. Es nuestra historia contada en forma de música. También era común, no hace tanto, ver a la gente ponerse firme cuando izaban o arriaban el pabellón. En plazas, escuelas, instituciones públicas. El respeto surgía casi solo. Y si además sonaba el himno, la solemnidad hacía que a uno le corriera un pirî por el cuerpo.
Vamos a dejarnos de polémicas innecesarias. El castellano y el guaraní son dos expresiones legítimas de lo que somos. Los dos viven en nuestro corazón y con los dos podemos emocionarnos hasta las lágrimas.
Y en medio de todo ese ruido, apareció Purahéi Soul. Su interpretación fue soberbia. Talentosa, elegante, profundamente paraguaya. Sobre su atuendo, lo único que corresponde decir es que había que sacarse el sombrero. Esas prendas, inspiradas en nuestra cultura y confeccionadas con tanto gusto, merecen verse más seguido. Y por qué no, salir al mundo con el sello “made in Paraguay”.
Más allá del idioma y de las preferencias de cada uno, el Himno Nacional hace algo que pocas cosas logran: nos junta. Nos recuerda quiénes somos. Y nos regala, en unos pocos minutos, una de las expresiones más hermosas de la paraguayidad.
Cantémoslo, entonces. Con ganas. Con orgullo. Como lo que somos.