Ser constructor de una sociedad en la que no haya hermanos privados de los bienes esenciales para una vida digna es una tarea que exige audacia. Por ello, Jesús nos exhorta: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. De esa manera, Él pone a nuestra consideración dos dimensiones: lo que mata el cuerpo y lo que mata el alma.
Hemos de cuidar nuestro cuerpo: la alimentación, la práctica regular de ejercicios y la prevención de enfermedades; sin embargo, más adelante, su ciclo biológico terminará. Asimismo, hay que estar atentos para no ser seducidos por la “idolatría del cuerpo”.
Él llama nuestra atención sobre “lo que mata el alma”, que es más grave que “matar el cuerpo”. En sus palabras no existe ningún dualismo, sino un estímulo para usar nuestro cuerpo y nuestra alma, es decir, toda nuestra persona, para hacer el bien.
Hacer el bien es un estilo de vida que exige valentía, ya que las tentaciones son constantes. Somos presionados a mantener la “industria de la coima”, que constituye una degradación para ambas partes; somos tentados a recrearnos con aventuras extramatrimoniales, lo que deteriora la estructura familiar.
Además, es necesaria la valentía para no caer en el pesimismo, pues a nuestro alrededor vemos tanta putrefacción en las relaciones sociales que desalienta, aunque la gracia del Señor sea más poderosa.
También es fundamental tener vigor para superarse a sí mismo y no estancarse en comportamientos desubicados, inclusive, en manías caprichosas. Asimismo, para enfrentar ciertos retos que la existencia nos propone, por ejemplo, no tener miedo de estudiar a cualquier edad ni tampoco de empezar un nuevo trabajo.
Además, celebramos hoy el Día de los Padres. Todo papá debe ser un misionero en su hogar, interesado en el crecimiento integral de sus hijos, que comprende las dimensiones física, psíquica, espiritual y social. El papá misionero es aquel que motiva a su familia a participar de la Santa Misa todos los domingos, educa a sus hijos con su ejemplo de vida, facilita el diálogo con ellos e inculca sanas costumbres.
De modo especial, tiene amor y respeto por su esposa, pues padre y madre deben formar juntos a sus hijos como cristianos equilibrados y valientes, que manifiesten en sus actitudes el amor de Cristo.
Paz y bien
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