El tema palpitante es este: todos los discípulos deben continuar la tarea de Cristo y, para ello, deben conocer mejor la obra que Él realizó.
Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios, que quiso asumir la naturaleza humana para estar muy cerca de nosotros. Aunque afirmemos esto con palabras sencillas, esta estupenda realidad debería marearnos de alegría y gratitud.
Nació pobre en Belén, vivió trabajando humildemente en Nazaret hasta comenzar su misión pública: anunciar el Reino de Dios, es decir, proclamar que es posible otro tipo de sociedad. Se mostró claramente como enviado del Padre, lleno de poder para derrotar a los espíritus impuros, las enfermedades y, de modo sobresaliente, las estructuras injustas del mundo.
No tuvo miedo de desenmascarar a los poderosos hipócritas, que generan miserables por las calles, hambrientos por las plazas, niños abandonados en las esquinas y desempleados por todos los rincones. Pagó con su vida ese coraje, después de un juicio repleto de falsedades.
Sin embargo, Dios Padre aprobó su estilo de vida y ahora Él está resucitado, plenamente vivo, y es el único Señor de la historia, de la naturaleza y de todos los corazones.
Los cristianos, que deben ser realmente “seguidores de Cristo”, tienen que continuar su misión en el siglo XXI. No es cosa fácil, pues han de adoptar los mismos valores, seguir las mismas huellas y, probablemente, experimentar las mismas angustias.
Por ello, Jesús nos dice: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. Por supuesto, no va en contra del Cuarto mandamiento, pero establece prioridades: Él ha de estar en primer lugar y, si es necesario, hacer rupturas dolorosas para mantenerlo así, hay que hacerlas.
Asimismo, hay que tomar su cruz, lo que significa construir una sociedad más justa y fraterna, sin querer agradar a tirios y troyanos, sin actos corruptos ni tramposos, pero con la osadía de actuar con honradez y transparencia.
“El que pierda su vida por mí, la encontrará”, sostiene, para manifestar que los criterios que Él utiliza no son los mismos que los de una sociedad capitalista, excluyente y discriminatoria.
No tengamos miedo de continuar hoy la misión de Cristo Jesús, pues, aunque no sea siempre cómodo, Él nos acompaña, nos fortalece y nos promete la herencia más importante de todas: su amistad y el Paraíso feliz.
Paz y bien