Pero literalmente, nuestra política es una fábrica de paradojas porque, al final, el verdadero detector de mentiras fue un micrófono abierto que capturó la conversación sin filtro entre Raúl Latorre y Basilio “Bachi” Núñez.
Ese descuido técnico dentro del Congreso funcionó como un “polígrafo” implacable que destapó las verdaderas intenciones del cartismo. “¿Qué dice Raúl Benítez?”, curioseó Bachi. La respuesta de Latorre destapó la radiografía fría de la intolerancia del cartismo. “Siempre tenemos que mirarle de reojo, es capaz de cualquier cosa; quiere seguir el camino de su lideresa al martirio”, había expresado.
En solo unos segundos, esa fachada democrática de quienes celebraban la Constitución Nacional, se derrumbó por completo. Quedó expuesto el rostro real del poder político, porque en el propio Congreso se planifica cómo eliminar a los adversarios.
La palabra “martirio” mencionada por Latorre es simplemente una advertencia con tinte mafioso cartista. En política, martirizar significa activar la pérdida de investidura exprés, torcer los reglamentos sobre la marcha y pisotear la voluntad popular utilizando mayorías coyunturales. El mensaje simple es de “o te callás, o te sacamos como a Kattya González”.
Para Benítez, este diálogo tiene toda la pinta de un “código de mafia”, donde un grupo de sicarios políticos espera la señal desde el quincho para eliminar a los que incomodan. Kattya González molestaba porque denunciaba. La echaron violando el debido proceso y, como la Corte Suprema de Justicia acaba de bendecir ese atropello al rechazar la acción de inconstitucionalidad, el oficialismo hoy se siente con total impunidad.
Ahora, Raúl Benítez molesta porque es uno de los pocos que denuncia los cupos políticos, las licitaciones dudosas y el copamiento cartista. En Paraguay, cumplir el rol de fiscalizar se volvió una actividad de alto riesgo.
Posteriormente, aunque Latorre ensayó una disculpa tibia y negó una persecución personal, el sincericidio ya quedó grabado. Y de esta manera quedó claro que el cartismo busca la sumisión absoluta. Quieren un Congreso dormido, donde los opositores sean adornos mientras haya debates precarios y votos sin criterio.
Al final, la remera de Benítez se quedó corta frente a la realidad. El “polígrafo” falló a favor de la verdad y nos dejó la amarga certeza de que la gobernabilidad se sostiene con el miedo de persecución política. Por favor “honorables congresistas”, cuidemos lo poco que queda de institucionalidad, porque cuando se apagan los micrófonos, se proyectan planes que benefician a un sector y no a un país entero.
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