No asfixiar la semilla

Durante tres domingos consecutivos –hoy, el 19 y el 26 de julio– vamos a escuchar el capítulo 13 de Mateo, conocido como el “Discurso de las parábolas”, en el que Jesús habla del Reino que vino a anunciar e inaugurar. En total, presenta siete parábolas para enseñar verdades importantes, diciendo casi siempre: “El Reino de Dios es semejante a...”, y estableciendo una comparación.

Hoy nos dice que el Reino es semejante a un sembrador que salió a sembrar. Fue esparciendo semillas por todas partes, y estas cayeron en cuatro tipos de terreno: al borde del camino, en terreno pedregoso, entre espinas y en tierra buena.

Los frutos son asombrosamente diferentes, según el terreno donde caigan.

La semilla es siempre poderosa; tiene vida en sí misma y genera vida abundante: es la Palabra de Dios. Nosotros somos los terrenos que la recibimos, ya sea con el corazón abierto o con indiferencia.

La exhortación de Jesús es a no asfixiar la semilla que recibimos, malogrando un proceso destinado a ser provechoso para todos.

Existen sofisticadas trampas a nuestro alrededor que ahogan la buena semilla, como la mala comprensión de la Palabra del Señor, la frialdad para buscar a Dios y la falta de constancia en el empeño por hacer el bien.

Asimismo, la búsqueda desordenada de riquezas y tantos otros “pitos y flautas” de vanidades transforman nuestro corazón en un terreno pedregoso y, por tanto, estéril.

Cada ser humano, y más aún cada bautizado, debe abrir su espíritu para acoger la enseñanza de Jesús, que la Iglesia transmite fielmente siglo tras siglo. No se trata solamente de recibir esta enseñanza, sino también de tener el deseo de ponerla en práctica.

Para no arruinar la semilla, no podemos pasar la vida echando la culpa a los demás con argumentos como estos: “Los otros son los culpables de mis desventuras... porque mi madre no me dio suficiente afecto... mi marido es un pesado... mi mujer es una bruja... mi patrón es un tirano...”. Y la lista nunca termina.

Debemos vigilar el terreno donde la semilla es sembrada. Esto significa cultivar diariamente la vida espiritual, sin dedicar un tiempo excesivo a los fascinantes encantos del teléfono celular. Significa también no ser indiferentes a la lectura diaria de la Biblia.

Además, implica abrir honestamente el corazón al Señor y a las necesidades de los demás. Es comprometerse con las buenas causas, aun sabiendo que se encontrarán obstáculos, pero confiando en que la gracia de Dios y el esfuerzo humano pueden producir una cosecha del ciento por uno.

Paz y bien

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