Fretes, el relator

Isaías Fretes lleva más de tres meses repitiendo la misma frase con distintas palabras: encontró un “antro”, una institución “endeudada hasta un punto que no puedo entender”, una previsional atravesando “una tormenta”.

El diagnóstico es correcto. El problema es que, a esta altura, ya lo sabe todo el país, y un diagnóstico repetido durante trimestre y medio deja de ser gestión para convertirse en relato.

Fretes construyó su discurso sobre la gestión anterior, la de Jorge Brítez, y tiene motivos de sobra: contratos de jardinería por 45.000 millones de guaraníes, licitaciones de biohigiene por 270.000 millones, textiles hospitalarios por 160.000 millones, todo aprobado mientras los asegurados hacían fila por medicamentos que no llegaban. Denunciar esa herencia es legítimo. Pero denunciarla mes tras mes, sin mostrar una sola auditoría cerrada, un solo contrato rescindido con nombre y apellido, un solo responsable señalado formalmente, empieza a sonar menos a transparencia y más a coartada. Criticar el pasado es gratis. Lo que cuesta es transformarlo.

Lo mismo ocurre con su cruzada verbal contra la tercerización. En cada sesión del Consejo, Fretes cuestiona el gasto en centellografía, hemodiálisis y medicina nuclear: “por mil millones ya compramos el equipo”, repite. Pero de la retórica a la resolución todavía no hay un solo equipo instalado ni un cronograma público de internalización de servicios. Se pide un “estudio de costo-beneficio” para todo, y ese estudio nunca termina de aparecer. Fretes ha dicho que “comer en casa es más barato que salir a comer”, pero al parecer, le resulta mucho más barato, simplemente, no comer. Es fácil señalar que la tercerización es cara; lo difícil, y para eso está un presidente de Consejo, es reemplazarla por algo mejor.

Después está la puesta en escena. Las recorridas por hospitales, el apretón de manos a la abuela que espera su medicamento, la foto del médico que se acerca a escuchar al pueblo: como gesto aislado, se entiende. Como estrategia de comunicación permanente mientras las estanterías de las farmacias siguen vacías, empieza a parecerse más a una campaña que a una gestión. El IPS no es una plataforma de lanzamiento para quien quiera capitalizar políticamente el rol de “el médico que salvó a los jubilados”. Es una institución que administra los aportes de miles de trabajadores, y esos aportes no financian relato: financian salud y jubilaciones.

Nada de esto invalida los datos duros que Fretes sí expuso ante el Senado: una deuda de 500 millones de dólares con la industria farmacéutica, pasivos que se buscan reprogramar de tres a siete años para liberar 105.000 millones mensuales. Son cifras reales de una crisis real. Pero la pregunta que el Consejo de Administración y la ciudadanía deberían estar haciendo no es cuán grave es el desastre heredado, eso ya se explicó con lujo de detalle en cada entrevista de los últimos tres meses, sino cuándo empieza a notarse la diferencia.

El presidente del IPS tiene el diagnóstico. Le falta el tratamiento. Y a los asegurados que siguen sin insumos, sin turnos y sin respuestas, la próxima recorrida con cámaras no les va a solucionar nada. Ya está bien de alharaca; que empiece la gestión.

smoreno@abc.com.py

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