Notable: nadie se hizo responsable. Se consultó al Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones a través de la dirección a cargo, cuya titular -una Ingeniera imposible de ubicar- no honró los requerimientos con respuesta alguna. También se elevó la consulta a la APF, que a través de un convenio utiliza el predio para la práctica de sus divisionales juveniles. El fervor mundialista como que justificó en ese momento el desinterés en “esa macana”. Pero la actitud fue igual a la del Ministerio: Ni una explicación, ni asomo de “fuimos nosotros” ni mucho menos “vamos a investigar”.
Así, la falta de claridad lleva al deporte nacional de la conjetura: ¿Quién llevó los escombros? ¿Quién autorizó y decidió que el Parque era un buen lugar para depositarlos? ¿Había un permiso del MADES, que está enfrente mismo? ¿Se pidió o se olvidaron de pedir? Todo absolutamente lógico, pero sin respuesta alguna por parte de los actores consultados.
Qué triste, que ninguna voz de protesta se haya levantado por parte de los cientos de personas que van allí por motivo del fútbol. A la bucólica pasividad de la gente se suma ese clientelismo de depender de las bondades de la APF para ver “si sacamos un hijo que firme contrato con un club de afuera”. Estos usuarios invaden el predio los fines de semana, estacionando como pueden. Y nadie se quejó, cuando seguramente varios vehículos habrán sufrido averías a causa de los cascotes y varillas. Si esto forma parte de la “función social” que mencionan los de la APF, es hora de un análisis a lo interno.
Pero, algo pasó. Alguna llamada molestó o causó una roncha y ocurrió: los escombros se removieron. Al estilo Stroessner, vino una orden de arriba y los muchachos saltaron. Los cascotes y varillas se retiraron, por lo menos gran parte. O fueron convenientemente enterrados, lejos de la vista de la gente. Difícil de precisar, porque no hay responsables de lo que se hizo.
El Parque Guazú Metropolitano y sus usuarios decimos gracias, pero quien solucionó el asunto no debería tener vergüenza de contarlo. Todo lo contrario. Mucho mejor decir “nos equivocamos, lo corregimos y no volverá a pasar”, que dejar flotando la sensación de que las cosas se arreglan cuando alguien protesta lo suficiente.
Reconocer los errores no debilita a las instituciones, las fortalece. Y de paso, obliga a documentar quién ordenó depositar allí los escombros, como así también si la forma en que se revirtió la situación fue la correcta. Esta Área Silvestre Protegida y los usuarios del parque se merecen eso.