“Quienes salen del clóset después de los 40 suelen cargar con una intensa mezcla de culpa y alivio”, explica una psicóloga especializada en diversidad sexual. “Culpa por sentir que traicionan expectativas ajenas —de la pareja, de la familia, de la comunidad religiosa— y alivio por, finalmente, dejar de vivir en modo ‘piloto automático’”.
La reacción del entorno tampoco es la misma. No solo salen del clóset con amigos o familiares: también, de forma indirecta, con hijas e hijos, ex parejas, colegas de trabajo y hasta con el barrio. El impacto se multiplica.
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El peso de la generación
Quienes hoy cruzan la barrera de los 40 crecieron en sociedades muy distintas de las actuales. La homosexualidad era todavía objeto de chistes, silencios o condenas abiertas (aunque en muchos países sigue siendo un tabú).
Ese contexto deja huellas. “A los 15 sentía cosas por mis compañeras, pero la idea de ser lesbiana no entraba en mi cabeza”, recuerda Sofía, 52 años, que se separó de su marido hace cuatro. “Me repetía que eran admiración, celos, cualquier cosa menos deseo. No tenía modelos ni información”.
Hoy, la mayor visibilidad LGTBI y el acceso a relatos diversos a través de redes sociales, series o podcasts permiten que muchas personas pongan nombre a algo que llevaba años latiendo.
Internet, subrayan los especialistas, cumple un papel decisivo: desde foros y grupos de apoyo hasta historias de otras personas que salieron del clóset a edades similares.
Pareja, hijos y economía: un rompecabezas complejo
Salir del clóset a los 40 o 50 años no es solo una cuestión íntima. Supone reorganizar, en ocasiones de manera drástica, la vida cotidiana.
Separaciones, custodia de menores, reparto de bienes, redefinición de roles de cuidado: todo se pone sobre la mesa.
“Me asustaba más la hipoteca que decir ‘soy gay’”, admite Miguel, 48 años, que dejó un matrimonio de dos décadas. “No quería perder mi casa ni ver menos a mis hijos. Pensaba: si fuera más joven, solo tendría que enfrentarme a mis padres; ahora es toda una estructura de vida”.
Los abogados de familia confirman que, aunque no exista una categoría legal específica, cada vez reciben más consultas ligadas a revelaciones de orientación sexual en la mediana edad.
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En muchos casos, el conflicto no es jurídico, sino emocional: cómo comunicar lo que ocurre, cómo manejar el dolor de la pareja que siente que su historia queda reinterpretada bajo otra luz.
El miedo a “tirar la vida por la borda”
Un temor recurrente en estos relatos es la sensación de estar “empezando de cero” demasiado tarde.
Afloran preguntas que rara vez se verbalizan: ¿tiene sentido rearmar la vida afectiva a los 45 o 55? ¿Qué pasa si no encuentro pareja? ¿Habrá comunidad para mí o todo es para gente joven?
Para los profesionales de la salud mental, este guion del “demasiado tarde” es una de las trampas más dolorosas. “La presión social por aprovechar la juventud genera la idea de que, pasada cierta edad, solo cabe sostener lo que ya se tiene”, señala la psicóloga consultada. “Pero la vida adulta también es un tiempo legítimo para explorar, replantearse y cambiar”.
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Al mismo tiempo, quienes salen del clóset en esta etapa cuentan con recursos que los más jóvenes no suelen tener: mayor experiencia vital, cierta autonomía económica, redes de amistades consolidadas y una identidad profesional más firme. Todo ello, si se acompaña adecuadamente, puede amortiguar el impacto.
Buscar redes y referentes
La soledad es uno de los riesgos más mencionados. Muchas personas no se sienten cómodas en espacios LGTBI muy jóvenes ni encuentran con facilidad grupos de su franja etaria.
La terapia afirmativa —es decir, respetuosa y conocedora de la diversidad sexual— y el acompañamiento de pares aparecen como herramientas clave.
También, el permiso para atravesar un duelo: el de la vida que se imaginó, el de los proyectos que ya no serán, el de ciertos vínculos que pueden quebrarse.
“Salir del clóset no borra lo vivido”, reflexiona Sofía. “Yo no reniego de mi matrimonio ni de mi familia. Pero ahora, por primera vez, siento que la historia que cuento de mí se parece a lo que siento adentro”.
En esa tensión entre pasado y futuro, entre pérdida y posibilidad, se mueve una generación que, ya entrada en la madurez, decide hacer una apuesta radical: vivir la segunda mitad de su vida de un modo más honesto con su deseo.