El peso de un mito cultural
En el imaginario romántico, perdonar suele presentarse como un acto casi mágico: un gesto noble que borra heridas y restituye la confianza de inmediato.
La narrativa es conocida: alguien pide disculpas, el otro llora, se abrazan y, a partir de ahí, todo “vuelve a ser como antes”.
Esa escena, repetida hasta el cansancio, ha instalado una expectativa peligrosa: si seguís recordando el daño, entonces “no perdonaste de verdad”. De fondo, opera una forma de culpabilización de quien ha sido herido: si no olvida, algo está haciendo mal.
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Lo que dicen los expertos en salud mental
En psicología se distingue con claridad entre memoria, emoción y decisión. Perdonar no implica un borrado de la ofensa, sino cambiar la forma en que nos relacionamos con ese recuerdo.
Diversos enfoques coinciden en algunos puntos básicos:
- El recuerdo suele permanecer: lo que cambia es la intensidad del dolor y el resentimiento asociados.
- El perdón es un proceso, no un instante. Puede requerir tiempo, distancia y, a veces, ayuda profesional.
- Decidir no buscar venganza o no aferrarse al rencor no significa minimizar lo ocurrido.
Así, el perdón se parece menos a pulsar “eliminar” y más a editar un archivo: el hecho sigue ahí, pero su lugar en la historia personal se reordena.
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Perdonar no es justificar ni reconciliar
Otra confusión frecuente es equiparar perdonar con justificar al agresor o con retomar el vínculo en los mismos términos. Sin embargo, se puede perdonar y, al mismo tiempo, tomar distancia.
En situaciones de maltrato, infidelidad reiterada o violencia, numerosos profesionales de la salud mental advierten del riesgo de usar el perdón como herramienta de presión: “si me querés, me perdonás y todo sigue igual”. Bajo este chantaje emocional, el perdón deja de ser una decisión libre y se convierte en una obligación moral.
Perdonar, en cambio, puede ir de la mano de poner límites firmes: reconocer el daño, no negarlo, y a la vez elegir no vivir atrapado en él.
Redes sociales, cancelación y “superación” exprés
La cultura digital oscila entre dos polos: por un lado, la “cancelación” total de quien se equivoca; por otro, la exigencia de superar rápido lo que duele. Frases como “si no te suma, que no te duela” parecen imponer un duelo exprés y un perdón inmediato.
Pero los procesos afectivos no siguen la lógica de la inmediatez. Hay daños que requieren tiempo para ser nombrados, comprendidos y elaborados.
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Forzar un “ya te perdoné” solo para cumplir con el ideal de la persona madura y zen suele producir lo contrario: resentimiento oculto y ruptura posterior.
Hacia un perdón más realista
Desmitificar el perdón no significa renunciar a él, sino rescatarlo de la caricatura romántica. Perdonar puede ser:
- Reconocer el daño sin negarlo ni exagerarlo.
- Aceptar que el recuerdo permanecerá, pero que no determinará todas las decisiones futuras.
- Elegir, con libertad, si habrá reconciliación, bajo qué condiciones y con qué límites.
En la vida moderna, atravesada por relaciones frágiles, sobreexposición emocional y discursos de autoayuda, quizás el reto no sea “perdonar y olvidar”, sino aprender a recordar sin que duela tanto.
No se trata de borrar capítulos, sino de lograr que dejen de escribir el final de la historia.