La temporada de huracanes del Atlántico Norte atraviesa una calma excepcional. Hasta el 23 de septiembre de 2026, se habían formado seis tormentas tropicales y ninguna había alcanzado la categoría de huracán, una situación inédita desde el inicio de los registros satelitales en 1966, según datos de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA).
El contraste con otros años ilustra la anomalía. En 2005, una de las temporadas más activas registradas en el Atlántico, ya se habían desarrollado cinco huracanes mayores para esta altura del calendario, entre ellos Katrina, que dejó una devastación histórica en Estados Unidos.
De acuerdo con un informe publicado por Deutsche Welle, el principal factor detrás de la actual quietud atlántica es El Niño, la fase cálida del fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Este patrón climático, vinculado a variaciones de los vientos y de la temperatura superficial del Pacífico, repercute sobre las condiciones meteorológicas de buena parte del planeta.
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Matthew Rosencrans, principal pronosticador de la temporada de huracanes del Centro de Predicciones Climáticas de la NOAA, resumió la excepcionalidad del momento: “En la era de los satélites nunca hemos tenido un año sin un huracán”. Si esa tendencia se mantuviera, añadió, sería la primera vez.
Un indicador en mínimos para esta etapa de la temporada
La NOAA también ha advertido que la Energía Ciclónica Acumulada (ECA) se encuentra en niveles mínimos históricos para una fase tan avanzada de la temporada. Este indicador no solo contabiliza el número de tormentas: combina su duración y su intensidad, por lo que permite medir la energía total desarrollada por los sistemas tropicales.
Habitualmente, la ECA alcanza su máximo alrededor del 10 de septiembre. En el Atlántico, la mayor parte de la actividad ciclónica se concentra entre el 1 de junio y el 30 de noviembre, aunque los huracanes pueden formarse fuera de ese período. Por ello, los meteorólogos insisten en que una temporada débil hasta septiembre no elimina la posibilidad de que surja una tormenta peligrosa antes del cierre oficial.
El término empleado para estos fenómenos depende de la cuenca oceánica. Se habla de huracán en el Atlántico Norte y el Pacífico oriental; de tifón en el Pacífico noroccidental, especialmente en Asia oriental; y de ciclón en el océano Índico y el Pacífico Sur. Son, en esencia, sistemas tropicales de la misma naturaleza, nombrados de manera distinta según la región.
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Cómo El Niño dificulta la formación de huracanes atlánticos
Los datos más recientes citados por la NOAA indican que El Niño continúa fortaleciéndose. La temperatura de la superficie marina en sectores del Pacífico supera ya en más de 3 grados Celsius los valores habituales, un nivel asociado a un episodio “muy fuerte” durante los próximos seis meses y a una temporada atlántica por debajo de lo normal.
El Niño reaparece, en promedio, cada dos a siete años y sus efectos pueden prolongarse al menos durante un año. Durante esta fase, los vientos alisios —que normalmente soplan de este a oeste sobre el Pacífico— se debilitan y, en algunos casos, invierten su dirección. Esa modificación reorganiza las corrientes atmosféricas a escala global.
En el Atlántico, una de sus consecuencias más relevantes es el aumento de la cizalladura del viento: cambios marcados en la velocidad o la dirección del viento entre distintos niveles de la atmósfera. Esa inestabilidad desorganiza las tormentas incipientes y limita su capacidad de consolidarse en ciclones tropicales.
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“Un fuerte viento cortante” dificulta el desarrollo de tormentas tropicales, explicó Rosencrans a la DW. La menor capacidad de organización atmosférica ayuda a entender por qué, pese a estar en el período más activo de la temporada, el Atlántico ha permanecido relativamente inactivo.
No obstante, El Niño no implica una ausencia automática de riesgos. Según la NOAA, los huracanes que sí se forman en años influenciados por este fenómeno suelen surgir más cerca de la costa este estadounidense y del golfo de México. Esa ubicación puede impedir que dispongan de tiempo suficiente sobre el mar para alcanzar las categorías más altas, pero también acorta el margen de alerta y preparación de las comunidades costeras.
El Pacífico, con condiciones más propicias para ciclones intensos
Mientras el Atlántico experimenta una mayor cizalladura, el escenario es distinto en las zonas oriental y central del Pacífico. Allí, durante un episodio de El Niño, disminuye la cizalladura vertical del viento. Si esa condición coincide con aguas más cálidas —que aportan calor y humedad a las tormentas—, el entorno se vuelve más favorable para la formación y persistencia de ciclones.
El Pacífico ya ha registrado varios huracanes de gran intensidad durante este período. Entre ellos figura Polo, que, según el reporte citado por la Deutsche Welle, se convirtió esa semana en uno de los ciclones más potentes de las últimas décadas, favorecido en parte por las condiciones asociadas a El Niño.
Rosencrans explicó que el fenómeno también modifica el lugar donde nacen las tormentas. En vez de originarse más al oeste, tienden a formarse hacia el este, próximas a la línea internacional de cambio de fecha y a las Islas Marshall. Esa alteración les permite permanecer más tiempo sobre aguas abiertas antes de encontrarse con grandes masas continentales, lo que puede prolongar su ciclo de vida.
La trayectoria de los sistemas que afectan a Asia también cambia. Anne-Claire Fontan, de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), señaló a la DW que, durante El Niño, las tormentas del Pacífico asiático suelen desplazarse más hacia el norte, en lugar de avanzar hacia el oeste en dirección al este y sudeste asiático.
Ese patrón puede elevar ligeramente la probabilidad de tormentas tropicales y tifones en Guam, las Islas Marianas del Norte, Japón y la península coreana, de acuerdo con Rosencrans.
Un fenómeno natural en un mundo más cálido
El Niño es un proceso natural y no una consecuencia directa del cambio climático. La intensidad de una temporada de huracanes depende de múltiples variables, y la relación entre El Niño, La Niña y el calentamiento global representa solo una parte de ese conjunto, según Rosencrans.
Sin embargo, el contexto climático puede amplificar sus impactos. Fontan advirtió que El Niño se desarrolla ahora en “un mundo más cálido”, una circunstancia capaz de intensificar fenómenos asociados, como olas de calor extremas, lluvias torrenciales y sequías.
La Oficina Meteorológica del Reino Unido, conocida como Met Office, ha alertado de que la combinación entre El Niño y el calentamiento provocado por la actividad humana podría contribuir a nuevos récords globales de temperatura en 2027. En paralelo, un informe del Climate Impact Lab de la Universidad de Chicago proyecta que el calor extremo podría causar cerca de medio millón de muertes adicionales en el mundo, con una carga especialmente alta para los países del Sur Global.
Fuente: Deutsche Welle