Nima Sarkechik vuelve a Paraguay con una obra que, en sus propias palabras, requiere “mucho más que virtuosismo”. El pianista franco-iraní será uno de los invitados especiales del primer concierto de la Temporada Oficial 2026 de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción, que se realizará este jueves 7 de mayo, a las 20:00, en el Teatro Municipal Ignacio A. Pane. La presentación, de acceso libre y gratuito, estará dirigida por José Miguel Echeverría y contará también con la participación del guitarrista José Carlos Cabrera.
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El programa propone un recorrido por distintas tradiciones del repertorio universal. La noche abrirá con Noche de verano en Madrid, de Mikhail Glinka, compositor ruso que encontró en España una fuente de inspiración para parte de su obra. Luego será interpretado el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, una de las piezas más conocidas para guitarra y orquesta, con Cabrera como solista. El cierre estará a cargo de Sarkechik, quien interpretará el Concierto para piano y orquesta Nº 3, de Sergei Rachmaninov, una obra reconocida por su gran exigencia técnica y expresiva.
La elección de esta pieza surgió del propio pianista. Según cuenta, en conversaciones previas con la OSCA se había abierto la posibilidad de interpretar un concierto de Rachmaninov. “Me propusieron cualquier concierto de Rachmaninov que quiera tocar. Al principio quería tocar el 2 y el 3 en la misma noche”, recuerda. Finalmente, la decisión quedó en el Tercero, una obra que no se interpreta con frecuencia y que, para muchos pianistas, representa una de las cumbres del repertorio.
Sarkechik explica que el concierto de Rachmaninov reúne varias capas de dificultad. No se trata solamente del despliegue técnico, sino también de la cantidad de información que el intérprete debe procesar, memorizar y transformar en sonido. “Hay algo así como 30.000 notas para aprender. Hay también 50 minutos de coreografía, porque una partitura es realmente una coreografía: uno se mueve frente al teclado”, señala.
Para el pianista, la obra exige que las dificultades desaparezcan como obstáculos visibles y pasen a formar parte del cuerpo. “Tiene algo muy misterioso. A pesar de todos esos sonidos que están explotando, hay también una vibración interna que conseguir. Por eso requiere realmente sobrepasar todas las dificultades, que sea algo natural, que sea parte del propio cuerpo”, dice. En su caso, el camino entre conocer la partitura y poder abordarla plenamente llevó años.
Esa maduración también modifica la forma de interpretar. Sarkechik compara el vínculo con una obra musical con la manera en que una persona habla a distintas edades. La experiencia, afirma, cambia la forma de sentir un sonido, de caminar, de relacionarse y de distribuir la energía. En una pieza de casi 50 minutos, esa administración se vuelve fundamental. “Después de haber tocado 45 minutos, los últimos cinco minutos son intocables: ya no tenés dedos, no tenés más energía, y tenés que encontrar algo ahí, focalizar la energía que te queda”, explica.
La emoción, en ese proceso, también debe ser conducida. “Si yo me dejo llevar por la emoción, tampoco me puedo sobrepasar”, reflexiona. Para él, tocar una obra como esta implica una forma de relación con el público: una manera de transmitir sin quedar desbordado por aquello mismo que se quiere comunicar. “Es un tema relacional al final: cómo uno se relaciona a través del lenguaje artístico, musical, con su auditorio”, dice.
El concierto también pondrá en diálogo dos extremos sonoros: el piano de Rachmaninov y la guitarra del Concierto de Aranjuez. Sarkechik observa que la guitarra, frente a la potencia de una orquesta, obliga a otra forma de escucha. “Hay que fijarse bien en el equilibrio entre la potencia del sonido de una orquesta y la potencia de una guitarra, que es muy frágil”, comenta. Para él, ambas obras se encuentran justamente en esa zona de fragilidad emocional, aunque desde lugares sonoros muy distintos.
Su regreso a Paraguay no se limita al concierto con la OSCA. Como en visitas anteriores, Sarkechik aprovecha su estadía para participar en otros proyectos y encuentros. En estos días también ensaya y graba con la banda paraguaya Jeheka, en una propuesta que cruza el rock con el arpa paraguaya. Además, mantiene vínculos con artistas y espacios locales, entre ellos Espacio E, y lleva consigo sus títeres para compartir actividades con niños.
Esa disposición al encuentro parece atravesar su manera de entender la música. Sarkechik vive entre Francia y Argentina, aunque viaja constantemente allí donde surgen proyectos. Argentina, dice, es para él “un hogar de referencia”, y Paraguay aparece cada vez más como una red afectiva y artística cercana. “La música se volvió como una herramienta para crear enlaces entre la gente. Eso realmente es el eje central de todos los proyectos, que podés arrancar por cualquier lugar”, afirma.
En un tiempo que describe como hostil y atravesado por conflictos, el arte aparece para él como un espacio posible de libertad. “Quizás el arte pueda ser todavía un lugar donde exista la libertad de conocerse, de sobrepasar el temor de la diferencia”, reflexiona. Desde esa mirada, cada concierto, cada ensayo y cada colaboración se convierten en una forma concreta de sostener vínculos.
El concierto inaugural de la OSCA cuenta con el apoyo de la Embajada de Francia en Paraguay y la Alianza Francesa de Asunción, y es presentado por la Fundación Itaú y Petrobras. La actividad es organizada por la Sociedad Filarmónica de Asunción, que celebra 40 años de creación, junto con la Dirección General de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Asunción.