No fue una presentación estricta de “La huella de las cuerdas”. El concierto encontró en Paraguay una parada íntima dentro de ese recorrido continental que Berta Rojas emprendió para seguir rastros musicales por América Latina. Pero también para volver sobre sus propias huellas. Las musicales, sí, aunque sobre todo aquellas más invisibles: las afectivas, las humanas, las que terminan moldeando una vida entera. El repertorio estuvo atravesado por obras que para ella significan un mundo completo.
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Con el telón todavía cerrado, una voz suave y aterciopelada pidió guardar los celulares, aquietar el ruido y escuchar con el corazón. Entonces la tela finalmente se elevó y apareció Berta, sonriente, luminosa, acompañada ya por el Cuarteto Paraqvaria.
Juntos interpretaron la Suite Guaraní de Domenico Zipoli, compositor cuya música resonó siglos atrás en las reducciones jesuíticas. Según explicaron, aquellos sonidos forman parte de una búsqueda por rastrear los primeros caminos de la guitarra en esta región y entender cómo empezó a construirse eso que hoy reconocemos como música paraguaya.
Había algo simbólico en comenzar allí, en el origen. “No saben la emoción inmensa que significa volver a casa y tocar en una sala rebosante de amor”, dijo Berta apenas tomó la palabra. Y mientras observaba el teatro lleno, tenía esa mezcla extraña de ternura y asombro de niño frente a las maravillas de la vida.
Las huellas del viaje
El concierto avanzaba como una travesía por distintos territorios sonoros. Cada cambio de sillas, atriles y cables parecía trasladar la noche hacia otro paisaje, mientras Berta recorría el escenario como quien visita diferentes estaciones de una misma memoria. En uno de esos desplazamientos llegó el turno de Sebastián Henríquez, productor y compañero de ruta desde “Legado”, el álbum que se convirtió en el primer y único disco paraguayo en ganar un Latin Grammy.
Berta recordó entonces cómo se conocieron durante aquel proceso y cómo el vínculo artístico fue creciendo hasta desembocar en “La huella de las cuerdas”, donde también trabajaron codo a codo con Popi Spatocco. La complicidad entre ambos era evidente. Henríquez, sereno y preciso, parecía devolverle sobre el escenario toda la gratitud que ella expresaba al hablar de aquellos años compartidos.
Juntos contaron parte de la investigación detrás del proyecto, una búsqueda que implicó años de trabajo junto a Spatocco. Hablaron de las guitarras renacentistas y vihuelas que llegaron a esta región en 1523, en una época convulsionada donde el continente entero atravesaba transformaciones profundas. También mencionaron el hallazgo del Códice Saldívar, documento musical donde comenzaron a encontrar patrones y sonoridades que todavía hoy sobreviven en géneros populares de América Latina.
Antes de interpretar “La huella del códice”, Sebastián relató cómo esas conexiones musicales fueron apareciendo casi como pequeñas revelaciones durante el proceso creativo. Después llegó la música y, con ella, una conexión entre ambos tan natural que por momentos parecía imposible pensar que no llevaran toda la vida tocando juntos. Había precisión pero también una escucha mutua muy sensible.
Más adelante, otro recambio llevó el concierto hacia uno de los grandes símbolos musicales del Paraguay: el arpa. Berta presentó entonces a Sixto Corbalán, compositor e intérprete que desde hace años viene expandiendo las posibilidades sonoras del instrumento hacia nuevos territorios.
En cierta forma, aquella búsqueda dialogaba directamente con el espíritu del concierto. A lo largo de la noche, Berta parecía insistir en esa idea de mantener los ojos y los oídos abiertos frente a lo distinto, incluso dentro de las tradiciones más arraigadas.
Junto a Sixto interpretó una versión encendida de “Che la reina”, donde guitarra y arpa parecían conversar, desafiarse y abrazarse al mismo tiempo. Las cuerdas chispeaban sobre el escenario mientras el público seguía cada intercambio con fascinación absoluta.
Después llegó “A mi pueblo”, de Ismael Ledesma, a quien Berta recordó como “un rebelde” que escribió música hermosa lejos del Paraguay. Mencionó también cómo emigró muy joven a Francia y nunca volvió a vivir en el país. La pieza terminó resonando como una afirmación de algo que atravesó todo el concierto: hay lugares que uno nunca abandona, incluso estando lejos.
Mientras tanto, el clima dentro del teatro seguía creciendo. Cada músico que aparecía sobre el escenario llegaba con sonrisas nerviosas, miradas brillantes y palabras cuidadosamente medidas para que la voz no terminara quebrándose. Cada tanto, en medio de los aplausos, Berta interrumpía apenas para decir “voy a afinar un poquito”, pequeños gestos que devolvían intimidad a una noche atravesada por artistas enormes.
Más adelante regresó el Cuarteto Paraqvaria, esta vez junto al percusionista Gonzalo Resquín y la contrabajista Paula Rodríguez. En conjunto con el arpa interpretaron “La jornada”, de Juan Manuel Acevedo. El teatro respondió con una ovación. Los aplausos aparecían antes de que las piezas terminaran, mientras desde distintos sectores se escuchaban gritos y vítores de un público completamente entregado al viaje.
La celebración y los compañeros de ruta
Otro rápido movimiento de sillas y atriles volvió a transformar el escenario. A esas alturas, el concierto ya parecía desplazarse por distintos hemisferios emocionales y musicales sin perder nunca el hilo invisible que conectaba todo. Entonces Berta recibió al MbarakaTrío, integrado por José Carlos Cabrera, Rodrigo Benítez Vargas y Favio Rodríguez, quienes horas antes habían regresado de una gira por Centroamérica.
Entre las historias compartidas apareció una parada inevitable en Santo Domingo, donde descansan los restos de Agustín Barrios Mangoré. Frente a su tumba, contaron, ofrecieron música como homenaje. La escena, relatada con sencillez, tenía algo muy simbólico, la idea de músicos paraguayos contemporáneos siguiendo todavía las huellas de aquel artista inmenso que llevó la guitarra del Paraguay por el mundo hace más de un siglo.
Berta habló entonces de MbarakaTrío no solamente como intérpretes brillantes, sino también como formadores y transmisores de pasión por la guitarra. Los recordó como compañeros fundamentales en los inicios de Pu Rory, aquel proyecto nacido para reunir jóvenes guitarristas de distintos puntos del país y construir un gran ensamble.
También evocó uno de los momentos más decisivos de su vida: cuando recibió la propuesta para enseñar en Berklee College of Music y mudarse a Estados Unidos. Contó que ellos les aseguraron que si ella iba, Pu Rory quedaba en buenas manos.
Había gratitud real en la forma en que lo decía. Desde ese mismo lugar habló luego de Berklee, donde hoy se desempeña como la única guitarrista latina del cuerpo docente y donde conoció músicos provenientes de todos los géneros imaginables. Quizás por eso eligieron interpretar “Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra, quien también pasó por aquella institución. La pieza apareció como un gesto de afecto y apertura hacia otras músicas latinoamericanas.
La conversación siguió derivando hacia Mangoré. Los integrantes de MbarakaTrío contaron que durante la gira encontraron incluso un antiguo programa de mano original de uno de sus conciertos. Berta respondió recordando una experiencia similar vivida años atrás en Trinidad y Tobago. Había algo fascinante en escucharlos hablar con tanta naturalidad de hallazgos históricos que para cualquier amante de la música paraguaya rozarían lo inverosímil.
Ligado a esa misma búsqueda, Berta recordó también la travesía que realizó junto a Paquito D’Rivera bajo el nombre Tras las huellas de Mangoré. Después llegó “Wapango”, reafirmando esa necesidad persistente de seguir rastreando memorias musicales y registrarlas para que no desaparezcan.
Pero si hasta entonces el concierto había transitado momentos de contemplación y descubrimiento, lo que vino después transformó completamente la atmósfera del teatro.
La entrada de Juan Cancio Barreto convirtió el escenario en una verdadera celebración. Berta y Juan Cancio volvían a tocar juntos después de quince años. Bastaron apenas unos minutos para notar que el vínculo seguía intacto. Entre ambos circulaba una complicidad tan espontánea que parecía imposible pensar en el tiempo transcurrido.
Las anécdotas comenzaron a aparecer naturalmente. Recordaron una presentación en el Allen Room del Lincoln Center de Nueva York en 2005 y cómo Juan Cancio, maravillado por la vista comentó: “Parecida a nuestra Quinta Avenida”. El teatro entero estalló en carcajadas. Después llegó otra historia, todavía más divertida. Juan Cancio contó que Berta alguna vez intentó “hacerle gente”, mientras ella, riéndose sin poder contenerse, respondió que esos eran temas que seguía tratando en terapia.
El clima se volvió completamente festivo. Entonces empezaron a sonar “Ca’azapá”, “Jha che valle”, “Danza paraguaya” y “Punteada okára”. Más que una demostración técnica, aquello parecía una conversación llena de picardía entre dos músicos que todavía encuentran placer en sorprenderse mutuamente. Por momentos daban la impresión de ser niños corriendo juntos por un parque de diversiones, compartiendo secretos musicales y arrastrando al público dentro de ese mismo juego.
La voz y la tierra
Después de la celebración compartida con Juan Cancio Barreto, el clima del concierto comenzó a transformarse hacia otro lugar mucho más íntimo. Berta llamó entonces al escenario a Daisy Lombardo, a quien presentó como una paraguaya que “se enamoró del tango”. Lo hermoso de su historia: una artista nacida en Paraguay destacándose en uno de los géneros más emblemáticos en Argentina, al punto de haber recibido apenas días atrás el premio Tango Siglo XXI.
Pero anoche Daisy regresaba también a otro territorio. En su voz, la guarania “Nde ratypykua” apareció delicada y profunda, sostenida por una interpretación donde cada palabra parecía dicha desde un lugar muy personal. El teatro entero acompañaba en silencio, suspendido dentro de esa atmósfera serena que se había instalado de pronto sobre el escenario.
Más adelante se sumaron Sebastián Henríquez y Dani Meza, cantante de Tierra Adentro, grupo al que Berta destacó por el trabajo realizado alrededor de la música paraguaya contemporánea y el uso del guaraní dentro de la música popular. Recordó también que siguen siendo hasta hoy la única agrupación paraguaya en conseguir dos nominaciones al Grammy Latino.
Junto a Daisy interpretaron “Tierra mía”, compuesta especialmente para La huella de las cuerdas. Las voces de ambos se encontraron con una sensibilidad que se expandía por toda la sala, con fuerza y fragilidad.
Después Daisy dejó el escenario y Dani permaneció acompañado por las cuerdas de Paraqvaria para interpretar “Aguije”. Antes de comenzar, explicó que la palabra en guaraní suele traducirse como “gracias”, aunque en realidad también remite a una especie de estado de gracia o plenitud espiritual. Difícil encontrar una definición más precisa para lo que estaba ocurriendo esa noche.
A esas alturas, muchos de los músicos hablaban despacio, eligiendo cuidadosamente las palabras para no quebrarse. El concierto entero parecía avanzar sobre una sensibilidad compartida que nadie intentaba esconder.
Y cuando parecía que el cuerpo ya no podía contener mucho más, Berta volvió a sorprender al público con uno de los momentos más conmovedores de toda la noche.
Sentada en el centro del escenario, observó hacia atrás mientras lentamente se elevaba un telón. Detrás apareció una línea de pequeños guitarristas, el Ensamble Crescendo. Los aplausos comenzaron incluso antes de que tocaran la primera nota. Entonces sonó “Carol of the Bells”.
A esa altura, muchas de las piezas del concierto empezaban a encontrar sentido entre sí. Allí estaba Berta, tocando codo a codo con niños que apenas empezaban a recorrer el mismo camino que ella inició décadas atrás. Entre ellos había una pequeña guitarrista cuya guitarra parecía incluso más grande que su propio cuerpo. La imagen tenía una belleza difícil de explicar y, al mismo tiempo, contenía el espíritu que había atravesado toda la noche.
El legado
Después de compartir escenario con los pequeños guitarristas, Berta tomó un momento para hablar del futuro. Observó a los niños que se despedían y dijo, con una convicción serena, que la guitarra paraguaya tiene mucho por delante. No sonó como una frase protocolar ni como un gesto de optimismo automático. Sonó desde la experiencia de alguien que ve día a día frente a sus propios ojos la continuidad de algo que lleva años construyéndose.
Agradeció entonces a los jóvenes por el compromiso y la disciplina, pero también a las familias que sostienen esos procesos silenciosos de formación. Habló del acompañamiento, de la responsabilidad y de la importancia de cuidar esas vocaciones desde temprano. Había en sus palabras una mirada consciente sobre lo que implica transmitir conocimiento y abrir caminos para otros.
Esa idea del legado terminó encontrando una forma todavía más concreta cuando presentó nuevamente a Pu Rory, el ensamble de guitarras que impulsó en 2016. “Hoy se vuelven a encontrar”, dijo antes de recibirlos sobre el escenario.
Muchos de ellos llegaron a ese proyecto siendo apenas adolescentes, impulsados por el deseo de aprender, compartir música y expandir la curiosidad alrededor de la guitarra. Ahora regresaban convertidos en músicos formados, reencontrándose entre ellos y también con la propia Berta después de años de caminos distintos.
La Suite Pu Rory, arreglada por Pinchi Cardozo Ocampo, reunió fragmentos de piezas emblemáticas como “Trompo arasá” e “India”. Desde el escenario, las guitarras parecían multiplicarse unas dentro de otras, construyendo una sonoridad colectiva donde ya no importaba distinguir individualidades.
Poco antes de comenzar esa parte del concierto, Berta habló también de los momentos difíciles que atraviesa cualquier vida. Lo hizo para dedicar la presentación a la hermana de una de las integrantes del ensamble, fallecida apenas días atrás.
Entonces la música adquirió otro peso. De estar enterrando a su hermana un día antes, Micaela apareció sobre el escenario sosteniendo la guitarra entre las manos y transformando el dolor en otra cosa. Resultaba imposible no pensar, en ese instante, en la capacidad que tiene la música para contener, acompañar y crear refugio incluso en medio de las pérdidas más dolorosas.
Despertar
El cierre terminó reuniendo a todos los músicos sobre el escenario. Uno a uno fueron entrando nuevamente mientras las sillas comenzaban a ocuparse y las cuerdas volvían a entrelazarse. La imagen era de ceremonia colectiva.
Entonces empezó “Despertar”, de Maneco Galeano. “América es una, morena y alegre, es voz y esperanza de los valles verdes”, dice uno de sus versos más recordados. Mientras la canción avanzaba, las luces del fondo comenzaron a teñirse con los colores de la bandera paraguaya.
Sobre el escenario convivían niños cantando, jóvenes abrazando guitarras, maestros observando con orgullo y músicos que entienden el arte también como una forma de construir futuro.
Fue allí cuando terminaba de revelarse el verdadero corazón del concierto. Porque a lo largo de toda la noche Berta Rojas insistió en la idea de que la música puede convertirse en memoria, en encuentro, en refugio y también en una forma de cuidar lo que viene después. Había algo esperanzador en ver a distintas generaciones compartiendo escenario con la misma entrega, con las cuerdas capaces de unir tiempos, historias y afectos distintos dentro de un mismo abrazo.
Tras una última aparición de Berta para un bis con “El último canto” de Agustín Barrios, bien cerca de la gente, sin amplificación, y cuando la última nota se apagó, quedaba todavía vibrando en el aire la sensación de haber asistido a algo que iba mucho más allá de un concierto. Una celebración construida desde la generosidad, la transmisión y el amor inmenso hacia la música paraguaya.