Cuando llegan los días libres, el mandato parece claro: viajar, acumular experiencias, volver con fotos impecables y la sensación de haber vivido “el mejor verano de tu vida”. Pero esa presión tiene una cara oculta: el llamado burnout vacacional, un cansancio emocional y físico que aparece cuando las vacaciones se gestionan como un proyecto más que cumplir.
Según coinciden distintos especialistas en salud mental, cada vez es más frecuente ver personas que regresan del descanso más agotadas de lo que se fueron.
No es que viajar sea el problema, sino la forma en que se vive ese viaje.
La dictadura del viaje perfecto
Las redes sociales tienen un papel central. Las imágenes de playas vacías, familias sonrientes y desayunos de hotel sin una sola migaja crean una ilusión de normalidad que no existe.
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Compararse con esos modelos lleva a pensamientos del tipo: “Si no viajo lejos, estoy perdiendo el tiempo”, “si no subo fotos increíbles, mis vacaciones no valen”. A esto se suma la presión económica: intentar imitar viajes que no se ajustan al bolsillo aumenta la ansiedad y el sentimiento de fracaso.
También pesa la idea de que hay que aprovechar “cada minuto”: madrugar todos los días, encadenar excursiones, reservar restaurantes, visitas guiadas y actividades para que “no quede nada por ver”. El descanso queda relegado al último lugar.
Cuando descansar se vuelve otra obligación
El burnout vacacional no solo se nota en el cansancio físico. Pueden aparecer irritabilidad, discusiones de pareja o familiares, dificultad para dormir, sensación de vacío al volver y la impresión de que “no ha sido suficiente”.
Otro factor clave es el trabajo. Muchas personas siguen respondiendo mensajes, pendientes de correos o conectadas a reuniones “rápidas”. La mente no llega a desconectar, y el viaje se convierte en una oficina con mejor paisaje.
La culpa también juega su papel: culpa por no estar produciendo, por gastar dinero, por no estar disfrutando “como se supone”.
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Claves para disfrutar sin quemarse
Los psicólogos insisten en una idea: unas buenas vacaciones no son las más espectaculares, sino las que permiten descansar de verdad. Algunas pautas pueden ayudar:
- Primero, bajar las expectativas. Aceptar que habrá colas, calor, niños cansados, cambios de planes. Las vacaciones reales son imperfectas. Verlas así reduce la frustración.
- Segundo, dejar huecos en la agenda. Reservar momentos sin plan, incluso días “vacíos”, es básico para que el cuerpo y la mente se relajen. No hace falta ver todos los museos ni todas las playas.
- Tercero, acordar en grupo qué se espera del viaje. No todos disfrutan igual: hay quien quiere pasear sin rumbo y quien necesita actividad. Hablarlo antes evita conflictos y reparte la responsabilidad de organizar.
- Cuarto, poner límites al trabajo. Avisar de que se estará desconectado, quitar notificaciones del celular y decidir horarios claros para revisar, si es inevitable, reduce la sensación de estar siempre disponible.
- Finalmente, redefinir qué es “aprovechar” las vacaciones. A veces es dormir siesta, leer sin prisa, jugar con los hijos o simplemente mirar el mar. No salir en una foto no lo hace menos valioso.
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Un descanso a tu medida
El burnout vacacional recuerda algo sencillo: las vacaciones no son un escaparate, sino un tiempo personal. No necesitan ser inolvidables para ser buenas; basta con que permitan aflojar el ritmo y recuperar energía.
Viajar menos lejos, gastar menos y exigirse menos puede ser, paradójicamente, la mejor forma de volver con la sensación de haber descansado de verdad.