En los últimos años, dos modelos de alimentación han ganado fama como “las más saludables del mundo”: la dieta mediterránea y la dieta atlántica. Ambas nacen en Europa, pero cada vez más médicos en Latinoamérica las recomiendan como guía. La pregunta es si realmente se adaptan a los productos, el bolsillo y las costumbres de la región.
Qué propone la dieta mediterránea
La dieta mediterránea se basa en alimentos frescos, poco procesados y de origen vegetal.
La protagonista es el aceite de oliva como principal grasa. A su alrededor se organizan frutas y verduras diarias, legumbres varias veces por semana, cereales integrales, frutos secos, pescado frecuente y poca carne roja.
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Este modelo prioriza platos sencillos, como verduras con legumbres, pescados a la plancha y ensaladas con aceite de oliva. Diversas revisiones científicas la asocian con menos riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y algunos cánceres.
Qué caracteriza a la dieta atlántica
La dieta atlántica tiene su origen en las zonas costeras del norte de España y Portugal.
También se apoya en alimentos frescos, pero con matices. Destaca por un consumo muy alto de pescado y marisco, sopas de verduras, papas y otros tubérculos, cereales integrales, legumbres y frutas.
Usa aceite de oliva, pero también otras grasas vegetales, y admite algo más de carne de cerdo y platos guisados, siempre que se cocinen con poca grasa y muchas verduras.
Como la mediterránea, se ha relacionado con buena salud cardiovascular y menor mortalidad.
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El espejo latinoamericano
Aunque estas dietas nacieron lejos, muchos de sus principios ya están presentes en la cocina latinoamericana tradicional. El consumo de porotos, lentejas o garbanzos es habitual en varios países, igual que el uso de maíz, arroz, banana y mandioca como base energética.
Las costas del Pacífico y del Atlántico ofrecen pescados variados, desde México hasta el Cono Sur. A esto se suma una enorme diversidad de frutas y verduras locales: mamón, mango, mburucuyá, aguacate, hojas verdes, zapallos y raíces andinas, entre muchas otras.
El punto crítico: las grasas y el tipo de carne
El principal reto para copiar la dieta mediterránea al pie de la letra es el aceite de oliva, que en varios países es caro o no tan accesible.
Sin embargo, nutricionistas suelen señalar que lo importante es priorizar aceites vegetales ricos en grasas insaturadas y reducir las grasas trans y las frituras profundas.
Otro ajuste clave es bajar la cantidad de carne roja y procesada (embutidos, fiambres), muy presente en asados y comidas rápidas, y aumentar el protagonismo del pescado, las legumbres y el pollo sin piel. En esto, tanto el modelo mediterráneo como el atlántico son claros.
¿Cuál encaja mejor con la mesa latinoamericana?
Varios expertos coinciden en que no se trata de “importar” una dieta, sino de usarla como patrón. En ese sentido, la dieta atlántica puede resultar algo más cercana a muchos países latinoamericanos: permite platos de cuchara, sopas, guisos con papa o mandioca y mayor flexibilidad en el tipo de aceite vegetal.
La mediterránea, en cambio, es muy valiosa como guía de proporciones: mucha verdura, legumbres frecuentes, poco azúcar, poco ultraprocesado y alcohol moderado, preferentemente vino y siempre con comida.
Un modelo híbrido posible
En la práctica, la opción más realista para Latinoamérica parece ser un modelo mixto: tomar la estructura de ambas dietas pero con productos locales. Eso implica llenar el plato con más verduras, usar porotos como proteína habitual, elegir frutas de estación y aumentar el consumo de pescado donde sea posible.
En lugar de imitar recetas europeas, los especialistas recomiendan “mediterranizar” o “atlanticizar” platos típicos: menos fritura y más plancha u horno, más ensaladas y legumbres de acompañamiento y menos bebidas azucaradas.
Más estilo de vida que lista de compras
Tanto la dieta mediterránea como la atlántica incluyen otros elementos que encajan bien con muchas culturas latinoamericanas: comer en familia, dedicar tiempo a la mesa, moverse a diario y evitar el exceso de comida rápida.
Más que elegir un “equipo ganador”, la evidencia apunta a una idea simple: una alimentación basada en alimentos frescos, vegetales, legumbres y pescado, con poca carne procesada y poco ultraprocesado, puede adaptarse perfectamente a los mercados y cocinas de Latinoamérica, sin perder sabor ni identidad.