Los historiadores suelen ubicar los antecedentes de la propina en Europa. En Inglaterra, entre los siglos XVI y XVIII, era común dar vails (gratificaciones) a sirvientes y personal doméstico, una práctica ligada a la idea de “recompensar” la atención dentro de un orden social muy marcado.
En Francia se popularizó el término pourboire (“para beber”), y en distintos países aparecieron fórmulas similares: dinero extra destinado al trabajador, no al dueño del establecimiento.
El salto a la cultura popular llegó con los viajes y la urbanización. En el siglo XIX, hoteles, cafés y restaurantes en expansión hicieron que la costumbre se trasladara de lo privado a lo público: ya no se premiaba al sirviente de una casa, sino al mozo de un negocio.
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Estados Unidos: de costumbre importada a obligación social
En Estados Unidos, la propina se difundió en el siglo XIX, en parte como hábito adoptado por viajeros que volvían de Europa. Luego, tras la Guerra Civil, la práctica se consolidó en sectores como el ferroviario y la hotelería: se volvió frecuente que ciertos trabajadores dependieran de las propinas para completar ingresos.
Con el tiempo, en algunos estados y rubros se institucionalizó un modelo salarial donde el “piso” es más bajo y se espera que el cliente lo compense. Ese trasfondo explica por qué hoy, en EE.UU., lo habitual es dejar entre 15% y 20% (o más, en ciudades caras), y por qué no hacerlo puede interpretarse casi como una falta.
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¿Por qué el 10%?
El 10% se volvió una cifra “redonda” y fácil de calcular cuando las cuentas empezaron a expresarse con precios estables y menús estandarizados: un porcentaje simple, replicable, que funcionaba como referencia social sin necesidad de discutir montos.
En muchos países de América Latina y Europa se instaló como norma orientativa —ni mínima ni máxima—, especialmente en contextos donde el salario no depende por completo de la propina.
Además, en varios lugares existió (y existe) la idea de que el servicio “debería” estar incluido en el precio, y que la propina es un extra moderado. El 10% quedó en el punto medio: suficiente para reconocer el servicio, sin convertirlo en un segundo pago.
Un mapa de porcentajes
Las costumbres varían mucho:
Argentina, Uruguay, Paraguay: suele tomarse 10% como referencia, más ligada al gesto social que a una obligación formal.
México: lo común ronda 10% a 15%, especialmente en zonas turísticas.
España: es frecuente redondear o dejar entre 5% y 10% según el tipo de local.
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Reino Unido: muchos restaurantes agregan service charge de 10% a 12,5%; si está incluido, no siempre se deja extra.
Francia: el ticket suele indicar service compris (servicio incluido), y la propina queda como gesto pequeño.
Italia: puede aparecer el coperto (cubierto) o cargos similares; la propina no es central.
Japón: la propina puede resultar confusa o incluso inapropiada: el buen servicio se considera parte del trabajo.
La propina vive una tensión constante: para algunos es un premio al buen trato; para otros, un modo de trasladar al cliente el costo laboral que debería asumir el empleador. Entre la gratitud y la costumbre, el 10% —cuando no hay cargos incluidos— sigue funcionando como un idioma universal: una cifra que, más que una ley, es un acuerdo social aprendido.