Dos bebidas, dos lógicas distintas
La diferencia esencial no está solo en la receta, sino en la lógica con la que nacen. La sangría es, en origen, una bebida festiva y más elaborada: un vino “mejorcillo”, reforzado con licor, fruta troceada y azúcar, pensada para compartir en grupo y en ocasiones especiales.
El tinto de verano es justo lo contrario: un invento de barra de bar, rápido, directo y popular. Vino corriente, gaseosa de limón, hielo y poco más. Nada de florituras.
Orígenes: entre el campo, la posguerra y el turismo
La historia exacta de ambas bebidas es difícil de fijar, pero sí hay consenso en algunas líneas generales.
Lea más: Día del Vermú: por qué se celebra el 21 de marzo (y tres recetas clásicas para disfrutarlo en casa)
Bebidas similares a la sangría —vino mezclado con frutas, especias o agua— existían en Europa desde hace siglos. En el caso español, la “sangría” tal y como hoy se conoce empieza a tomar forma entre los siglos XIX y XX como una suerte de ponche de vino.
Su explosión internacional llega a partir de los años 60, con el boom del turismo de sol y playa. La sangría se convierte en un producto de exportación cultural: fácilmente reconocible, dulzona, llamativa, perfecta para el imaginario del “verano español”.
Hoy, además, tiene respaldo legal: desde 2014, la Unión Europea reconoce la “sangría” como una denominación regulada que solo puede producirse y etiquetarse así si se elabora en España o Portugal.
El tinto de verano, en cambio, es mucho más reciente como nombre y concepto. Se suele situar su popularización en Andalucía, especialmente en Córdoba, a mediados del siglo XX.
La versión más repetida —aunque difícil de documentar al milímetro— habla de la mezcla de vino tinto con gaseosa en bares de pueblo para combatir el calor. Se conoció en algunos sitios como “vino con gaseosa”, “vino de verano” o “tinto con blanca”, hasta que la expresión “tinto de verano” se impuso en cartas y terrazas.
Su éxito responde a una lógica simple: hace el vino más fresco, más suave, más fácil de beber y más apto para acompañar snacks durante horas, sin necesidad de dominar la coctelería ni invertir en buenos vinos.
Qué lleva de verdad cada una
Más allá de la leyenda, la diferencia práctica entre tinto de verano y sangría está en el vaso.
Lea más: El renacer del Rosé: guía definitiva para maridar vinos rosados con gastronomía tropical
Para el tinto de verano la receta base, en la práctica cotidiana, lleva:
- Vino tinto joven, sin pretensiones.
- Gaseosa de limón.
- Mucho hielo.
- Opcional: una rodaja de limón.
Hay tantas proporciones como bares, pero lo más habitual es mitad vino, mitad gaseosa. El resultado es una bebida de baja graduación alcohólica, poco dulce y muy fácil de repetir.
La sangría auténtica suele ser más compleja. Base habitual:
- Vino tinto (a veces rosado o blanco).
- Frutas troceadas (naranja, manzana, durazno, limón…).
- Azúcar o algún endulzante.
- Un toque de licor (brandy, vermut, licor de naranja…).
- Alguna bebida gaseosa o zumo para aligerar y aportar burbujas.
Requiere reposo para que la fruta macere en el vino y los sabores se integren. Su graduación suele ser más alta que la del tinto de verano, precisamente por el añadido de licores.
¿Con cuál te quedás?