Microbioma animal: por qué la salud mental de tu mascota empieza en sus intestinos

Perro.Shutterstock

La idea de que el estado de ánimo de un perro o un gato depende solo de su adiestramiento o de su “carácter” está quedando corta. En clínicas veterinarias y laboratorios de investigación gana terreno una explicación más compleja: el intestino y los microorganismos que lo habitan —el microbioma— influyen en el cerebro a través de un diálogo constante conocido como eje intestino‑cerebro.

Ese intercambio no es una metáfora. El tubo digestivo produce y regula sustancias químicas relacionadas con la conducta y el estrés; además, está conectado al sistema nervioso a través del nervio vago y del sistema inmunitario. “Lo que pasa en el intestino puede modular la respuesta al miedo, la ansiedad o la irritabilidad”, resumen muchos especialistas en medicina interna y etología clínica.

En animales, como en humanos, la evidencia aún está en construcción, pero los hallazgos se acumulan.

Un “segundo cerebro” con trillones de aliados

El microbioma está formado por bacterias, hongos y otros microorganismos que ayudan a digerir alimentos, entrenan al sistema inmune y producen metabolitos —como ácidos grasos de cadena corta— con efectos sobre la inflamación y el funcionamiento neuronal.

Cuando ese ecosistema se desequilibra (disbiosis), pueden aparecer señales que van más allá de la diarrea: apatía, cambios de apetito, sueño alterado o mayor reactividad.

Perro en la veterinaria.

En perros, diversos estudios han encontrado asociaciones entre perfiles microbianos y comportamientos relacionados con el estrés.

En gatos, el vínculo se investiga con creciente interés, especialmente por la sensibilidad felina a cambios ambientales y gastrointestinales.

La clave, advierten los veterinarios, es hablar de correlaciones: no siempre es posible decir que una bacteria “cause” ansiedad, pero sí que el intestino parece participar en el circuito.

Estrés, antibióticos y dietas: el triángulo que mueve el eje

La relación es bidireccional. Un animal estresado —por mudanzas, soledad, dolor crónico o falta de enriquecimiento— puede alterar su motilidad intestinal y su microbiota.

Beagle con un plato de alimento balanceado.

A la inversa, una gastroenteritis, un cambio brusco de alimento o el uso repetido de antibióticos pueden modificar el ecosistema intestinal y, con ello, la forma en que el cuerpo gestiona el estrés.

La dieta juega un papel central. La fibra fermentable, por ejemplo, alimenta a bacterias beneficiosas y favorece metabolitos asociados a una menor inflamación.

En cambio, dietas desequilibradas o premios en exceso pueden favorecer trastornos digestivos que terminan repercutiendo en el bienestar general.

¿Sirven los probióticos para la ansiedad?

El mercado de probióticos para mascotas crece, y con él la promesa de “calmar” a perros nerviosos o gatos asustadizos.

Hay productos con evidencia en problemas gastrointestinales y algunos trabajos preliminares sobre “psicobióticos” (cepas con posible impacto conductual).

Sin embargo, los expertos recomiendan cautela: no todas las cepas son iguales, el efecto depende del animal y la dosis, y el suplemento no sustituye a un diagnóstico.

Si hay cambios repentinos de conducta, lo primero es descartar dolor, problemas hormonales o enfermedades sistémicas.

Después, un enfoque integral suele ser el más eficaz: alimentación adecuada y estable, manejo del estrés, ejercicio y enriquecimiento, y, cuando corresponde, apoyo farmacológico o conductual supervisado.

El mensaje de fondo es claro: cuidar intestinos no es solo evitar vómitos o diarrea. También puede ser una forma de proteger el equilibrio emocional de la mascota. Porque, en muchos casos, el bienestar mental empieza donde menos se mira: en el plato y en el intestino.

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