Había una máquina de coser, un local pequeño y una apuesta que muchos consideraban desafiante: fabricar ropa en Paraguay cuando el mercado estaba repleto de prendas importadas y más baratas.
Patricia Niella, directora de Kalua, arrancó con 4.000 prendas al mes en 1990, luego de 36 años produce 150.000 y su meta es llegar a 200.000 antes de que termine el 2026. El suyo no es un caso aislado: es el símbolo de una industria que cambió de escala, de ambición y de horizonte.
La industria textil y de confecciones paraguaya cerró el 2025 con exportaciones por US$ 323 millones, según datos de la Asociación Industrial de Confeccionistas del Paraguay (AICP). Bajo el régimen de maquila, según el MIC las exportaciones de confecciones y textiles sumaron US$ 200 millones, lo que representa el 16% del total de exportaciones de maquila (autopartes 34%).
En cuanto a empleo, las operaciones bajo maquila son el principal rubro generador, 8.091 empleos, con un crecimiento del 18%, mientras el sector autopartes genera 7.865 empleos.
Detrás de esos números hay más de 250 empresas agremiadas, 33.000 empleos directos, una cadena de valor que sostiene alrededor de 230.000 puestos indirectos y un aporte de la manufactura de cerca del 7% al PIB nacional.
De 4.000 a 150.000 prendas: la escala que lo cambia todo
Cuando Kalua producía 4.000 prendas mensuales, cada decisión de compra de una máquina nueva era una apuesta mayor. Hoy, con 150.000 unidades al mes, la lógica cambió: la empresa destina anualmente el 20% de sus recursos a inversión productiva y 20% de su producción a mercados internacionales. Mejoras de procesos, tecnología aplicada a la manufactura, desarrollo de nuevos productos. Es el porcentaje que muchas pymes industriales del país no alcanzan ni en un ciclo completo de negocios.
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“Destinamos alrededor del 20% de nuestros recursos a inversiones orientadas al fortalecimiento productivo”, señala Niella. El resultado visible: una planta con escala industrial, capaz de atender tanto la demanda masiva del mercado interno como los estándares que exige la exportación.
La proyección de 200.000 prendas mensuales no es una aspiración. Es una respuesta directa al crecimiento de pedidos externos. “El incremento proyectado de la producción responde principalmente a ese crecimiento internacional”, explica la empresaria. El mercado local ya está consolidado; el acelerador ahora está afuera de las fronteras.
Lencería, deportiva y el consumidor que cambió
Kalua distribuye su producción con precisión: 70% para adultos –lencería femenina, ropa casual y deportiva–, 20% al segmento teen y 10% a líneas infantiles. Esos porcentajes no nacieron de una planilla: son el resultado de leer al consumidor paraguayo durante años.
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“Hoy existe una marcada inclinación hacia prendas que priorizan el confort sin dejar de lado la estética y el diseño”, describe Niella. La lencería femenina y la ropa deportiva encabezan la demanda, dos segmentos donde la industria local compite con ventajas concretas: talles adaptados al cuerpo paraguayo, disponibilidad inmediata y capacidad de respuesta rápida ante tendencias.
Y hay algo más: un cambio de actitud del consumidor hacia lo nacional. “En los últimos años comenzó a observarse un mayor reconocimiento hacia la producción nacional”, apunta Niella. La etiqueta “Hecho en Paraguay” ya no es una desventaja que hay que disimular. Es, cada vez más, un argumento de venta.
El 98% bajo maquila y la apuesta por marca propia
La fotografía exportadora del sector tiene un dato que merece análisis: el 98% de las exportaciones textiles paraguayas se realiza bajo el régimen de maquila, y Brasil concentra la mayor parte de ese destino. Es un modelo que funciona –los números lo prueban– pero que deja al sector expuesto a decisiones que se toman en otros países.
La maquila garantiza trabajo, divisas y escala. Pero la industria que solo maquila no construye marca, no acumula know-how de diseño propio y queda atada a los ciclos de demanda de sus clientes externos. El desafío pendiente del sector es avanzar hacia productos con identidad paraguaya, que compitan no solo por precio sino por propuesta de valor.
La amenaza sin etiqueta
Hay una presión que la industria textil no puede ignorar: la importación masiva de ropa de bajo costo, parte de ella ingresada con irregularidades que distorsionan la competencia. “Este fenómeno genera un impacto directo sobre las empresas nacionales debido a la competencia desleal que provoca dentro del mercado”, dice Niella sin rodeos.
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La diferencia entre el costo de una prenda fabricada localmente, con cargas sociales, cumplimiento fiscal, materia prima importada, y una traída ilegalmente a precio de costo marginal es, en muchos segmentos, insalvable si el Estado no interviene. El contrabando no es un problema policial aislado: es una distorsión económica que golpea directamente a industrias formales que generan empleo y pagan impuestos.
A eso se suman otros frentes: acceso a materias primas, fluctuaciones cambiarias y costos logísticos que encarecen la cadena.
Lo que el precio asiático no puede copiar
Sin embargo, el sector tiene argumentos que no se replican desde Shanghái. Velocidad de producción y entrega, control directo sobre la calidad, conocimiento del consumidor local y capacidad de adaptación ante cambios de tendencia son ventajas estructurales que la industria paraguaya construyó en décadas.
Para Niella, el diagnóstico es claro: “La industria textil nacional tiene un amplio potencial de desarrollo y continuará fortaleciendo su presencia tanto en el mercado interno como en el exterior mediante innovación, inversión y generación de empleo local”.
De 4.000 prendas al mes a 200.000. De abastecer un barrio a enviar contenedores a la región, Kalua exporta el 20% de su producción. De ser un sector invisible a generar 233.000 empleos y millones en exportaciones. El hilo que une ambos extremos es el mismo: inversión constante, lectura del mercado y voluntad de competir con las cartas que se tienen, aunque el mazo no siempre esté completo.