Muchos episodios de la política paraguaya más que con el realismo mágico se identifican con el esperpento. El realismo mágico se atribuye a Gabriel García Márquez, pero ya había sido desplegado magistralmente por la mexicana Elena Garro en su novela Recuerdos del porvenir, publicada en 1963. El esperpento es una forma del grotesco que en la literatura forjó el español Ramón del Valle-Inclán. Y de esto está llena nuestra “clase política”.
Quién puede olvidar aquel esperpento de un ministro de la Corte Suprema de Justicia, Víctor Núñez, acompañado por el presidente del Tribunal de Justicia Militar, general Porfirio Ramírez, cavando afanosamente en el Parque Caballero en busca de plata yvyguy, con la autorización del intendente municipal, Enrique Riera. Corría el año 2006. Si esto fuera tema de un cuento o una novela, sonaría inverosímil. Pero ocurrió en la delirante realidad paraguaya.
Cómo podríamos explicar que el recientemente “renunciado” presidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados (cargo privativo de un abogado) despierta las serias sospechas de que ni siquiera es abogado y al mismo tiempo proyecta la certeza de que es analfabeto funcional: ignaro para las cosas del saber, pero docto en enriquecimiento material turbio. Lo sucedió en el cargo otro ser del que se desconfía de sus cualidades intelectuales, pero parecido a su antecesor en eso de acumular lo que se da en llamar “bienes”.
Cómo explicarle a algún extraterrestre que se avenga a hollar nuestro planeta y averigüe sobre nosotros que el gobernador de Presidente Hayes ajó un cañoncito histórico del siglo XVIII buscando oro en su interior. Y después rellenó la reliquia con masilla para “ocultar” su violación.
Grotesco, puro grotesco. Esperpento, puro esperpento.
En contrapartida, pocos días atrás vimos un vídeo conmovedor en Facebook: el escritor Javier Viveros siendo recibido en un colegio como si fuera una estrella rockera por niñitas y niñitos que le demostraban su veneración por ser autor de los libros de cuentos que habían leído. Pura esperanza, con la sinceridad espontánea que solo esos “locos bajitos” (gracias, Serrat) pueden brindar. Otro tanto suele ocurrir con otra escritora de libros infantiles, Milia Gayoso-Manzur.
Esta es la cara opuesta del esperpento político. El presidente de la República que asumirá el martes 15 tiene aquí dos realidades del país que entrará a administrar.
Hasta que entregué este artículo al editor, el presidente Abdo no firmó la promulgación de la Ley del Fomento de la Lectura y del Libro. Le tocará entonces al señor Santiago Peña la honra de rubricar este instrumento esencial e impostergable que ayudará a, por lo menos, mitigar lo grotesco de nuestra política.