Bienaventuranza es felicidad

Es esencial en la vida de una persona elegir valores auténticos, de modo que pueda disfrutar de una felicidad verdadera, además de desarrollar sus talentos y colaborar con el progreso de la sociedad. Sin embargo, alrededor de cada uno hay falsos valores, que son trampas bien tendidas, zancadillas de maligno atractivo, listas para engatusar sin piedad. Los que caen en sus garras pagan un doloroso precio. Llamemos esto de materialismo insaciable, de individualismo neurótico, de hedonismo despistado o de ideología embaucadora.

Igualmente, dentro de uno mismo hay una inclinación constante a cosas morbosas, que nos alejan del bien, que es la amistad con Dios y la participación en Su proyecto.

Por ello, ahora Jesús nos enseña las bienaventuranzas, al inicio del Sermón de la Montaña, en los capítulos cinco, seis y siete de Mateo. Él será leído durante tres domingos consecutivos y después se interrumpe, por el inicio de la Cuaresma, el 18 de febrero.

Para combatir las falacias del mundo y de la sociedad de consumo, el Señor muestra cómo la cosa funciona, cuando usamos los criterios de Dios que, felizmente, son diferentes de los razonamientos humanos, tan marcados por las vanidades, y a veces, por traumas psíquicos llenos de embrollos.

Las bienaventuranzas manifiestan las actitudes propias de quienes optan por el Reino de Dios, o sea, por las relaciones interpersonales marcadas por el ejemplo de Jesucristo.

La primera beatitud es la más importante, y tal vez, la más difícil de comprender: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. Como la felicidad es el anhelo de todo mundo, el Señor traza un camino perfecto para lograrla, aunque no sin dificultades. Sin embargo, la expresión “tener alma de pobre... o ser pobre de espíritu... ” no es muy sencilla de entender. Es cierto que no significa complejo de inferioridad, falta de instrucción o baja autoestima. Significa reconocer nuestra dependencia con relación al Creador y manifestar gratitud por sus dones. También ser humilde en el trato con los demás, sin prepotencia o exhibicionismo; igualmente, presentar gestos de solidaridad y de servicio comprometido. Vivir las bienaventuranzas conduce a una profunda riqueza, porque hace uno semejante a Jesús, impulsa a no asustarse con los enredos del mundo, con tal de ser fiel al Señor. Es manifestar fortaleza por luchar por la paz y no temer ser perseguido por practicar la justicia. Estos son los verdaderos valores que hacen la nobleza del ser humano y generan auténtica felicidad.

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