Han pasado más de 7 días desde que este productor agrícola, un hombre trabajador del campo que se gana la vida honestamente con su cosechadora y su parcela de soja, fue llevado por la fuerza. Un panfleto atribuido al EPP apareció cerca del lugar, y las autoridades apuntan a este grupo criminal como responsable, incluso reconociendo que ha ampliado su zona de operaciones y posiblemente su número de integrantes. Sin embargo, no hay prueba de vida. No hay contacto con los captores para negociar rescate. No hay avances públicos significativos en la investigación, más allá de operativos desplegados, refuerzo de presencia policial, el decreto para la acción militar en la zona, y declaraciones oficiales que admiten “sin novedades”.
Lo más perturbador no es la audacia del EPP —que lleva casi 30 años operando, secuestrando, extorsionando y matando—, sino el silencio ensordecedor que rodea este caso. La noticia aparece en algunos titulares, hay comunicados de la familia clamando por una señal de que Almir sigue vivo, se intensifican controles en rutas y caminos... y el país sigue girando. La rutina diaria no se detiene. No hay marchas masivas, no hay comunicados, no hay debates encendidos en redes ni en la calle, no hay una conmoción colectiva que obligue a las autoridades a rendir cuentas con urgencia. Apenas un eco débil que se pierde entre la inflación, el precio de la carne, el desempleo y la lucha por llegar a fin de mes.
Y mientras la familia De Brum vive el infierno de la incertidumbre —la esposa, la madre, los hijos pequeños preguntando cuándo volverá papá—, la sociedad parece haber incorporado el horror como parte del paisaje. Nos hemos acostumbrado a convivir con un grupo armado que actúa impunemente en regiones enteras del norte, que extorsiona a productores, que mantiene alianzas con otros criminales y que, pese a ser descrito como “pequeño” por las autoridades, sigue vigente y en expansión.
Lo que está pasando es triste, pero también es peligroso. Porque cuando una sociedad se acostumbra al terror, el terror gana.
Ojalá no dejemos que este caso se convierta en uno más en la lista. Ojalá no naturalicemos lo que nunca debería ser normal. Porque mañana puede ser cualquiera de nosotros bajo el terror y bajo la indiferencia.
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