La vara equivocada

En la política paraguaya existe un vicio tan arraigado que ya casi nadie cuestiona: medirse siempre hacia atrás. El propio presidente Santiago Peña describió sus primeros 30 meses como una etapa de “siembra” en un “terreno destruido en periodos anteriores”, dejando implícito que la vara para medirlo son sus predecesores. Pero es una vara equivocada.

El problema no es que sea falso, a veces es cierto, sino que es profundamente insuficiente. La pregunta que el Gobierno evita sistemáticamente no es si estamos mejor que hace cinco años. La pregunta es si Paraguay está donde debería estar dado su potencial real. Compararse hacia atrás cuando el presente exige más no es rendición de cuentas. Es autoindulgencia disfrazada de gestión.

La deuda del Estado con el sector farmacéutico superó esta semana los US$ 1.027 millones, y las farmacéuticas advierten que el Ministerio de Salud paga apenas la mitad de lo que compra mensualmente. Los compromisos impagos se arrastran desde el inicio mismo de esta administración. El efecto: pacientes oncológicos sin quimioterapia, enfermos renales sin insumos, niños sin medicamentos cubiertos por orden judicial. El Gobierno, “como solución”, ofreció esta semana ceder la deuda a bancos privados y postergó toda definición concreta para después de Semana Santa. Pero hay un pequeño gran detalle: la salud no espera.

En educación, ABC documentó escuelas donde los niños se sientan sobre troncos y escriben con lápices invisibles porque los útiles prometidos no llegaron hasta ahora. No son anécdotas: son el retrato de un Gobierno que anuncia y no cumple.

La contradicción más brutal la protagonizó el propio gabinete esta semana. Mientras el ministro de Economía declaraba una “economía de guerra” y pedía “cinturones apretados”, salía a la luz que todos los ministros pasaron de cobrar G. 24 millones a más de G. 32 millones mensuales desde enero de 2025, mediante bonificaciones por “responsabilidad” que hasta 2024 no figuraban en ninguna planilla. El costo total para el Estado asciende a casi US$ 907.000 anuales solo en esas bonificaciones. Cuando el escándalo estalló, el jefe de Gabinete evitó pronunciarse y sostuvo que los beneficios se enmarcan en la ley. La guerra fiscal, evidentemente, no es para quienes están en el poder, sino para los demás.

Una de las cosas más preocupantes no es solo la crisis en sí. Es también que el pueblo paraguayo la tolera hasta con resignación. No se ve una indignación sostenida; no hay demanda colectiva de rendición de cuentas; no hay consecuencias políticas para quienes gobiernan mal.

Estamos viviendo una especie de anestesia cívica. Un país que no exige, no recibe. Mientras la ciudadanía siga aceptando como normal que se mida hacia atrás, lo que en cualquier otro contexto sería inaceptable, Paraguay seguirá siendo un país que se conforma con no caer, en lugar de exigirse, de una vez por todas, crecer.

smoreno@abc.com.py

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