Lo que nació para ser un abrazo se enfrenta hoy a la frialdad de los muros y a una visión política que insiste en ver una frontera donde solo hay un pueblo dividido por un río. Es imposible hablar de este puente sin invocar el nombre que lo bautiza. San Roque González de Santa Cruz no fue un burócrata ni un estratega de límites territoriales; fue el fundador de ambas orillas. En 1615 su labor misional dio origen a lo que hoy son estas dos ciudades “espejo”.
Uno de los símbolos más elocuentes de esta regresión es el polémico muro construido en la zona de la Costanera de Posadas. Esa barrera física, reforzada con rejas y controles, se levanta como un monumento a la desconfianza.
Aunque se argumenten razones de seguridad o logística aduanera, el mensaje simbólico es devastador, se intenta “contener” al hermano en lugar de recibirlo. Mientras los ciudadanos de ambas orillas comparten apellidos, tradiciones, el guaraní y el mate, las estructuras estatales se empeñan en marcar una distancia que la cultura ya ha borrado.
Este enfoque de “puente-frontera” en lugar de “puente-conexión” es lo que alimenta la asfixiante burocracia actual. No se trata solo de la falta de casetas o de personal; es una cuestión de filosofía política.
Se gestiona el paso internacional con una mentalidad de trinchera, olvidando que la solidaridad entre encarnacenos y posadeños ha salvado vidas en emergencias y ha sostenido economías familiares en tiempos de crisis.
Ejemplos claros nos remiten a la historia reciente, cuando la ciudad de Posadas fue la primera y más ocupada en ayudar a un Encarnación devastada por el ciclón de 1926 o cuando todas las compañías de bomberos de Encarnación acudieron al auxilio tras un voraz incendio en la Municipalidad de Posadas en 1994. Misma situación se vivió con un gran incendio en Posadas en 2007 y el incendio de la Municipalidad de Encarnación en 2018.
La verdadera integración no vendrá de la mano de más cemento o muros más altos, sino de la voluntad de derribar las barreras mentales.
El puente está ahí, imponente y necesario. Ahora nos toca a nosotros, y especialmente a quienes gestionan las fronteras, asegurar que el hormigón sirva para unir corazones y no para encadenar la libertad de dos pueblos que, por derecho propio y por historia, siempre han sido uno solo.
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