Nicanor Duarte Frutos, apatukador, acusó de “inútil” al jefe de Oscar Orué, el capo de la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios (DNIT). Y, casualmente, el jefe de Orué es el presidente Santiago Peña.
En el Quincho hay gente con licencia para tirotear a Peña. Nicanor, como todo converso, venía llenando de zalamerías a Cartes y se creyó con alas de águila. No entendió que él pasó de tendota a tembiguái y que aún no puede disparar contra tropa amiga. Peña, por más que el distanciamiento sea cada vez mayor, sigue amigo del Quincho.
Para rebelde, a Nicanor le queda solo su boina chavista.
El que tiene licencia para bombardear a Peña es Gustavo Leite, el embajador paraguayo en los Estados Unidos, pero en realidad es embajador del Quincho nomás.
Días tras, Leite descerrajó un tiro feroz: relató que empresarios paraguayos le dicen que “En la época de Cartes no había ni olor a coima, no nos rompían las bolas ni para ganar una licitación, y se cobraba al día”.
Esta afirmación expone varias cosas. Hay una acusación no tan indirecta de que en el gobierno de Peña se cobra coima (cosa que nadie duda). Que él, Leite, es embajador de un gobierno coimero (Leite dixit). Demuestra, sobre todo, que es el embajador del Quincho y no del gobierno paraguayo, que le paga su alto salario.
Este caso de Leite y su acusación revela también la suma debilidad del presidente Peña ante las acusaciones que vienen como recado de Cartes. En cualquier país del mundo, a un embajador que se refiera así a su gobierno, es expulsado de manera sumaria.
Peña se resignó a hacerlo llamar al embajador Leite por el canciller nacional, para que éste le diera apenas una reprimenda. ¡Tamaña debilidad! Peña no puede sacarlo a Leite, porque éste está puesto en Washington por orden de Cartes. Leite se fue de mambo, y la hinchada le refrescó cierto asuntillo de 500 mil dólares para permitir, siendo él ministro de Industria, que un grupo de frigoríficos volviera a exportar. Coima feroz. Sucedió durante el gobierno de Cartes. La coima no descansa en ningún gobierno.
Calé tiene razón. La enfermedad del jefe apura las apetencias de los carroñeros (Riera dixit).
“Está en riesgo la solidez del movimiento más grande del partido”, afirmó el tacuaraleño. Y buena parte de la ciudadanía estaría feliz si los cuervos del Quincho se comieran los ojos unos a otros.
Esto es un divertimento, mientras aguardamos la gran rebelión de las masas cuando sea la hora de las urnas. Ya no más carroñeros, ignorantes y ladrones.
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