Entre la vulgaridad del embajador y la incoherencia del Presidente

En los últimos días, el escenario político ha quedado expuesto con una evidencia perturbadora: no se trata solo de diferencias de criterio, sino de una impresionante degradación en las formas y en el fondo del ejercicio del poder.

Me refiero a las expresiones del embajador Leite: “No había olor a coima” y que “no les rompían las bolas”, expresó ante los medios. Ante ello, el presidente Santiago Peña no solo reconoció diferencias, sino que consideró “que no es habitual ese tipo de expresiones en un diplomático. Es opinión de él y que entre ambos han existido diferencias en el pasado y que el actual embajador mantiene esa misma línea incluso en funciones diplomáticas”.

Cuando un embajador incurre en expresiones vulgares, no solo se empaña su imagen personal, sino la representación misma del Estado al que debería honrar. La diplomacia exige prudencia, mesura y respeto. Todo lo contrario al exceso y desmesura verbal.

La vulgaridad, lo grosero, lo ordinario, lo chabacano en el lenguaje, cuando proviene de un funcionario de alto rango, tal como por ejemplo de un embajador, deteriora la credibilidad del país en el plano internacional, además de exponer una falta de respeto hacia la investidura que representa y que le fue concedida por el Gobierno que nos representa.

Las palabras y los actos de los gobernantes no son hechos aislados: son señales. Hoy, con lo acontecido, esas señales son, cuanto menos, alarmantes.

Ahora bien, la incoherencia en la conducción política, por su parte, debilita la confianza interna. Ambas conductas, y para peor si van juntas, configuran una situación, también, a lo menos preocupante.

Y es, por demás, preocupante la reacción del Presidente. Pretender diferenciarse, o tomar distancia o marcar diferencia de quien él mismo designó, desnuda una contradicción difícil de justificar. Pero lo desconcertante es que el propio Presidente de la República —quien lo designó— admita públicamente que su embajador no se expresa como un diplomático. Esto es, que carece de lenguaje diplomático, lo que nos demuestra y hace evidente no solo la falta de criterio sino precariedad en la designación de nuestros representantes diplomáticos.

No se puede, por un lado, asumir la potestad constitucional de nombrar a un representante y, por otro, desconocer sus actos como si se tratara de un tercero ajeno. Esa actitud no solo denota incoherencia, también falta de responsabilidad política.

El argumento de que existen “diferencias de criterio” resulta más que insuficiente ante a un hecho como el descripto que trasciende lo opinable. No se está ante un debate político o ideológico, sino frente a un problema de investidura. El embajador como el Presidente representan instituciones, y en ese rol, las formas no son accesorias: son sustanciales, ya que se pone en juego la dignidad del cargo y el representar al país en el exterior, ambos exigen altura ética y profesional.

En definitiva, lo ocurrido no es un mero episodio anecdótico ni una diferencia de criterio u opinión. Es la constatación de una fractura en la conducción política, que se manifiesta tanto en las formas como en el fondo del ejercicio del poder.

aamonta@gmail.com

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