¿Dónde educarse?

En la sesión de la semana pasada, la diputada Johanna Ortega, ante la constante e impertinente interrupción de un colega en el uso de la palabra, se acordó de su madre quien le decía: “Lo que uno no aprende en la casa, no va a aprender en la escuela. Lo que me parece llamativo es que en este recinto hay gente que no entendió y no aprendió ni en la casa, ni en la escuela, a respetar cuando otro habla”.

La causa del justo enojo de la diputada me remite a un artículo del recordado Padre Jesús Montero Tirado. Citó el artículo 75 de la Constitución Nacional: “La educación es responsabilidad de la sociedad y recae en particular en la familia, en el Municipio y en el Estado. Es decir, no se debe endosar el mal estado de la educación a los educadores profesionales” porque con ello se busca “torpemente un chivo expiatorio, para eludir la responsabilidad que tenemos todos”. Luego agrega: “Según autorizados sociólogos de la educación, el 3% del resultado de la educación se debe a la familia, el 60% se debe a la sociedad en general y el 10% a la escuela”.

La editorial Complutense, de Madrid, España, en mayo de 2010 difundió la conferencia “Democracia y Universidad” que el Premio Nobel de Literatura, José Saramago, ofreció a los estudiantes. Habló de las familias, la sociedad y la escuela primaria.

De las familias dijo que aunque sean analfabetas de ellas habría que esperar la responsabilidad de dar educación a sus hijos. Pero no se puede esperar demasiado “porque la familia está en crisis, esta es otra verdad palmaria que todos sabemos y con la que tenemos que contar para el diagnóstico y la solución”.

En cuanto a la sociedad, dice Saramago, ella educa por sí misma. El hecho de vivir en sociedad forma a los individuos. Pero si la sociedad anda perdida, si los valores que parece promover, el éxito rápido, la riqueza inmediata y no fruto del trabajo, si la familia no puede o no sabe, porque se ha perdido a sí misma en esta vorágine contemporánea, ¿quién educa?

Frente a esta situación, con familia y sociedad en crisis, la única salida que Saramago ve en el horizonte es la escuela: “el último refugio, la última esperanza”.

A continuación expresa: “Sin embargo, la escuela no puede educar, no tiene medios, no sabe, no nació para eso; sustituir lo que sería la responsabilidad y la competencia de la familia y también, de alguna forma, de la sociedad, no tiene que recaer sobre la escuela y los profesores, porque esa no es su misión”.

Para Saramago, la escuela primaria, la secundaria y la universidad tienen la función de instruir y no de educar. Instruir, dice, es transmitir conocimientos acerca de las distintas materias que están en el programa; educar es dirigir, encaminar, adoctrinar, y los profesores no están para educar, sino para instruir, no pueden educar porque no saben y porque no tienen medios para hacerlo. Para instruir sí, para eso han recibido el encargo de la sociedad, que le ha asignado los medios científicos, las herramientas adecuadas y los programas pertinentes, todo lo necesario para transmitir un nivel de conocimientos que haga que los alumnos puedan progresar técnica y científicamente en la sociedad.

Para aclarar más aún sus conceptos, Saramago da este ejemplo: Una familia de analfabetos, con sus valores, con sus tradiciones, sean campesinos o de ciudad, puede educar, es la educación más básica que hay, la primera orientación para gobernarse en la vida rectamente. De ese origen puede salir un chico o una chica que vaya a estudiar luego, si tiene la suerte de que sus predecesores analfabetos le abran otros caminos para la vida y para el trabajo.

Ahora bien, si la escuela no está para educar sino para instruir, en nuestro país la cosa empeora porque los niños no tienen tiempo para ser instruidos suficientemente ante los escasos días que tienen para asistir a clases durante el año. Entonces la sociedad se encarga de educarlos. Una sociedad que permite a sus políticos violar la Constitución Nacional y la decencia.

alcibiades@abc.com.py

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