Cuatro años. 1461 días ya pasaron desde aquel nefasto 10 de mayo en la península de Barú, Colombia. Lo que debía ser el inicio de una “vida nueva” para el fiscal Pecci y su esposa, Claudia Aguilera, terminó en un charco de sangre sobre la playa, mientras disfrutaban su luna de miel. Lastimosamente, al cumplirse cuatro años de aquel magnicidio, el sentimiento es de una impotencia y cuestionamientos.
Desde el primer día, el caso Pecci desnudó un sistema que, cuando quiere, actúa con su mayor celeridad, pero cuando el poder está de por medio, se vuelve más lento que una tortuga. Como ejemplo, mientras la justicia colombiana se movió con la investigación y logró capturar y condenar a los autores materiales, en Paraguay, la investigación sobre quién dio la orden para el magnicidio sigue siendo un misterio.
Es un insulto a la inteligencia del paraguayo que Emiliano Rolón salga a decir que su institución combate al crimen organizado con “honditas y 3x3.” Si bien es cierto que el Ministerio Público necesita recursos, lo que falta no es solo plata, sino voluntad política y coraje.
Es una bofetada para la memoria de un hombre que entregó su vida persiguiendo a la mafia que, irónicamente, parece tener las llaves de la oficina donde se debería investigar su muerte. Desde Colombia ya habían concluido que la orden salió de Paraguay. Entonces, esa pieza está en nuestra cancha desde hace rato, pero parece que nadie quiere buscarla.
En medio de este desespero, emerge la figura de Claudia Aguilera, quien no deja de reclamar justicia y verdad. Es doloroso ver cómo la viuda tiene que andar mendigando acceso a la carpeta fiscal, y pelea contra el hermetismo de un equipo investigador que parece más interesado en ocultar que en mostrar.
El rompecabezas está casi listo, pero falta la que tiene el rostro del que pagó a los sicarios. No es que sea imposible de encontrar; es que encontrarla revelaría, quizás, investigar a quienes conviven con nosotros.
Si en cuatro años no pudimos obtener resultados, ¿qué nos hace pensar que los próximos cuatro serán distintos? La impunidad en el caso Pecci es la confirmación de que en Paraguay, el crimen organizado mata y puede borrar sus huellas.
Cuando la justicia se declara impotente, se vuelve cómplice. Y hoy, Paraguay llora por una justicia que, de tanto mirar para otro lado, terminó quedándose bizca. Con esta falta de respuesta, el Estado paraguayo deja a Pecci morir dos veces: una muerte ya sucedió en la playa y otra ocurre en el olvido de ese rompecabezas que nadie se atreve a armar.
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