El proceso de ascenso de la cota del embalse del río Paraná que afectó a Encarnación fue un proceso traumático para la ciudad. Pero también, afectó a los cauces hídricos de la cuenca del arroyo Mboika’e, incluyendo sus afluentes.
El agua que retrocedió estancó las confluencias de arroyos, convirtiéndolos en espejos de agua sin casi movimiento. En primera instancia los ambientalistas denuncian que las obras no se realizaron con el tratamiento necesario; los pozos y cloacas no fueron tapados, por lo que pululan en las aguas actuales tras la inundación de los valles; los bosques de galerías fueron destruidos y quedaron como material orgánico en descomposición debajo del nivel actual del agua.
Entre los primeros cuestionamientos, se encuentra que no se trató la zona inundable como era requerido, lo que compone una primera y gran parte del problema ambiental que se generó en consecuencia. Lo más indignante es que no fueron decisiones tomadas desde el desconocimiento, sino que las autoridades de ese entonces tenían informes técnicos que referían cuál debería ser el procedimiento ideal, pero de igual manera ignoraron las advertencias.
Actualmente, aunque las autoridades responsables no lo quieran admitir, las estaciones de bombeo de la red cloacal en Encarnación no funcionan a cabalidad, lo que ocasiona que muchas de estas aguas negras lleguen a los cuerpos de agua casi inertes y sin capacidad de autodepuración. Todos estos factores causaron que el peligro de una contaminación severa de los subembalses sean una preocupación real en la ciudad del verano y del turismo.
Entretanto, las autoridades locales y nacionales no plantean soluciones definitivas a esta problemática, que en cualquier momento estallará y causará daños a la salud de las personas. Los expertos hablan de alternativas poco viables, como el manejo fluctuante de la cota; el bombeo de las aguas de los subembalses o el dragado de los mismos. Todas son temporales y causarían un gran impacto, a su vez.
La solución más viable, pero más complicada en un contexto de desinterés, se trata de la intercepción. Consiste en regular, controlar y asegurar que no caigan vertidos aguas arriba de todos los arroyos afluentes en la cuenca. Este trabajo debe involucrar al Mades, las Municipalidades y a la EBY. El discurso hipócrita de las campañas políticas de “salvemos al Poti’y” es viable con instituciones fuertes y presentes para la defensa del medio ambiente.
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