El candidato y el voto: entre la toga blanca y la mediocridad

La palabra candidato proviene del latín candidatus, derivado del verbo candere “ser blanco”, “brillar intensamente”, “el que viste de blanco”. En la Roma republicana, la toga candida era símbolo de pureza, honradez y servicio. El blanco siempre se asoció a la pureza y al honor, y por lo tanto al que lo usara se presentaba como el idóneo para representar al pueblo. El ideal romano era claro: el ciudadano común debía asumir responsabilidades públicas de manera temporal, sin convertirse en político profesional. El poder era servicio, no privilegio.

La historia de Lucio Quincio Cincinato -a quien le cupo ejercer el cargo de dictador en dos oportunidades, la primera durante apenas 15 días para salvar al ejército consular cercado por los ecuos y, tras derrotar al enemigo, renunció inmediatamente para regresar a su granja y la segunda por 21 días llamado de emergencia cuando tenía unos 80 años para sofocar una posible conspiración de Espurio Meli. En ambos casos, renunció a su poder absoluto mucho antes de los seis meses legales permitidos, convirtiéndose en el símbolo histórico de la virtud cívica.

La toga blanca de Roma nos recuerda que la política debe ser un ejercicio de transparencia y entrega, no un espectáculo de intereses personales. Esa actitud hoy día en nuestro medio choca con quienes se candidatan a puestos elegibles habida cuenta que lejos de servir temporalmente, se aferran al cargo para beneficio propio. En efecto, hoy, la blancura se ha desvanecido en discursos vacíos y campañas de marketing, donde la preparación y la ética suelen quedar postergadas habida cuenta que los candidatos están preocupados por la continuación en el poder que por la eficacia de su gestión.

La honestidad y el conocimiento de los asuntos públicos son atributos esenciales que deberían guiar toda postulación. Un buen candidato no se mide por el carisma ni por la propaganda, sino por su ética y por su vocación de servicio. Sin embargo, la realidad muestra en nuestros candidatos lo contrario: asistimos a campañas en las que la preparación y la honestidad brillan por su ausencia. Eso sí, priorizan intereses personales o partidarios, el clientelismo y disputas internas convirtiendo la política en un botín personal.

La fortaleza moral, la integridad y la preparación no se improvisan; son atributos que deben captar la atención del elector y convertirse en el verdadero filtro de selección.

La justicia, como último garante del sistema democrático, tampoco escapa a la mediocridad cuando se llena de clientelismo y amiguismo perdiendo independencia con lo que arrastra a la democracia hacia la mediocridad y decadencia. El problema se agrava cuando se elige como candidatos a ocupar puestos de juez a personas fuertemente cuestionadas en el aspecto ético, moral y de honestidad, pues lejos de fortalecer la institucionalidad, se la debilita desde su raíz. Sin jueces preparados, independientes y prudentes, la democracia se convierte en una promesa vacía de contenido.

El futuro de un país depende de la calidad de sus candidatos y de la responsabilidad de sus votantes. La toga blanca de Roma nos recuerda que la política exige pureza y mérito. Hoy, más que nunca, la ciudadanía tiene un papel clave: votar con responsabilidad exigiendo candidatos preparados, éticos y comprometidos con la excelencia rechazando la mediocridad, porque solo así la democracia podrá cumplir su verdadera misión: servir al pueblo con integridad y eficacia.

Votar con conciencia crítica es la única manera de desterrar la mediocridad y devolver a la política su verdadero sentido: servir al pueblo con integridad, valentía y preparación. De lo contrario, las consecuencias son inevitables: candidatos mediocres ocupan cargos de poder, las instituciones se debilitan, la corrupción se normaliza y la ciudadanía queda atrapada en un círculo de frustración y desconfianza. Un voto sin reflexión abre la puerta al clientelismo, al amiguismo y a la improvisación, generando gobiernos incapaces de dar respuestas reales a las necesidades del pueblo.

Cuando el elector renuncia a evaluar propuestas, trayectoria y carácter, la política se convierte en un botín personal y la democracia en una promesa vacía. El precio de esa indiferencia es alto: pérdida de derechos, retroceso institucional y un futuro hipotecado por la mediocridad.

aamonta@gmail.com

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