Vengan a mí

Escuchamos palabras sumamente reconfortantes de Jesús: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré». La lucha por la vida nos agobia y no es fácil para nadie, pues tenemos que sortear el pago de las cuentas, la educación de los hijos, los problemas de salud, los apuros para dialogar con la pareja, las macanas en el trabajo y, a veces, algunos chismes irritantes.

Además, están los problemas íntimos de cada uno, como ciertos traumas que llevamos desde hace muchos años y que no conseguimos resolver debidamente mediante el perdón y la reconciliación, la sensación de soledad que se repite y tantas otras dificultades. Si no estamos atentos, estas situaciones pueden alejarnos del Señor o darnos la ilusión de que no necesitamos acercarnos a Él porque nos bastamos a nosotros mismos: es la loca autosuficiencia.

Hay que buscar solución a estos desafíos, y en esta búsqueda disponemos de caminos razonables y de caminos estúpidos.

Seguramente, de nada sirve ahogarse en la bebida, pasar días y noches trabajando como buey alquilado, vomitar culebras y lagartos contra propios y extraños, hundirse en la pereza, acostarse con gordas y flacas o comprar la mitad de un shopping. La decisión más acertada es acercarse a Jesucristo y, con un corazón sincero, depositar en su corazón los dramas que tenemos que vencer. Debemos aprender a dialogar con el Señor y a buscar momentos de silencio para escucharlo.

Él es muy receptivo y sostiene: «Vengan a mí todos». Esto significa que nadie está excluido de su protección. Sin embargo, también es claro cuando dice: «Vengan a mí», es decir, no se alejen de mí, no se olviden de mí y no me cambien por cualquier internet, por cualquier red social o por cualquier egoísmo que atrapa y despista. Asimismo, establece un criterio importante para recibir su consuelo: aprender de Él, que es paciente y humilde de corazón.

Cuando vamos al Señor y lo buscamos sinceramente, entendemos que debemos ser más humildes; no hemos de asumir actitudes de supuesta superioridad con relación a los demás ni manifestar una fría indiferencia.

Igualmente, tratemos de ser más pacientes y ejercitemos la virtud de la tolerancia, pues el Señor nos asegura que así encontraremos alivio para nuestras ansiedades.

La invitación de Cristo: «Vengan a mí» se repite especialmente cada domingo, cuando tenemos la feliz oportunidad de ir hacia Él, de encontrarlo en la Misa y de recibirlo mediante una comunión bien hecha. El Señor viene a nosotros; ahora, nosotros tenemos que ir hacia Él.

Paz y bien

hnojoemar@gmail.com

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