Debemos producir buenos frutos

Escuchamos tres parábolas de Jesús, que se encuentra en el templo de Jerusalén y habla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a las altas autoridades.

El domingo pasado escuchamos la parábola de los dos hijos; hoy, la de los viñateros homicidas; y el domingo siguiente, la de los invitados que se niegan a asistir a las bodas.

Las tres muestran el rechazo a su propuesta y la intención de acabar con el Señor, porque ellos se sentían aludidos y desenmascarados.

Se llama «viñateros homicidas» porque los arrendadores, en lugar de pagar el alquiler del terreno como habían acordado, asesinaban a quienes iban a cobrarlo.

Jesús les hace una gravísima advertencia: «Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

El profeta Isaías muestra la ternura de Dios al preparar su viña: eligió una loma fértil, plantó cepas escogidas, edificó una torre y puso todas las condiciones necesarias para que diera frutos.

Es un modo simbólico de mostrar cuánto nos ama el Señor, y cuántas condiciones favorables nos regala. Sin embargo, espera que produzcamos muchos frutos y que no nos dejemos vencer por el egoísmo materialista.

Cuando consideramos honestamente nuestra vida, constatamos las excelentes oportunidades que Dios suele concedernos. Está la salud física y mental; el afecto de la familia, aunque con sus altibajos; las ganas de trabajar; la relación con los amigos; y una voz interior que constantemente nos impulsa a buscar el camino del bien.

La recomendación es seria: si ustedes no dan los frutos que tienen la obligación de producir, esta viña les será quitada para ser entregada a otros. Si la persona no se preocupa por los dones del Señor ni por la responsabilidad moral de acrecentarlos y compartirlos, corre el riesgo de hundirse en un proyecto mezquino y voraz.

San Pablo, exhortando a los filipenses, revela qué significa dar muchos y buenos frutos: el objeto de nuestros pensamientos y actitudes debe ser todo lo que es verdadero, justo, amable y que manifiesta una virtud; es decir: ¡ani repoi kúartagui!

El Apóstol añade sabiamente: no debemos angustiarnos por nada, ya que somos bendecidos por el Señor.

Es cierto que todos luchamos con dificultades, pero no nos dejemos estresar ni deprimir por las vueltas de la vida. El camino es recurrir a la oración, acompañada de la acción de gracias, que es justamente el significado de la Eucaristía. Así podremos producir buenos frutos para nuestra sociedad.

Paz y bien

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