En gimnasios, redes sociales y aplicaciones de citas, el “cuerpo ideal” parece haber pasado de aspiración a requisito. Para algunas personas, esa presión no se queda en la estética: se transforma en una obsesión que condiciona la vida cotidiana y, de forma menos visible, erosiona la sexualidad.
Es el terreno de la vigorexia, un término popular para describir la dismorfia muscular, considerada por la psiquiatría dentro del trastorno dismórfico corporal: la percepción persistente de no estar “lo suficientemente musculado” aunque el espejo muestre lo contrario.
La consecuencia no es solo pasar más horas entrenando. La sexualidad —entendida como deseo, placer, intimidad y vínculo— puede convertirse en una prueba constante: verse “bien”, rendir, no fallar, no mostrar “defectos”.
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Cuando el deseo se somete a la mirada
En la vigorexia, el cuerpo deja de ser un lugar habitable y pasa a ser un proyecto interminable. Esa lógica entra en la cama con facilidad.
La preocupación por la imagen puede distraer durante el encuentro sexual, aumentando la autovigilancia (“¿cómo se me ve el abdomen?”, “¿y si noto grasa?”) y disminuyendo la conexión con las sensaciones.
La ansiedad por el desempeño también crece. La excitación y la respuesta sexual son procesos sensibles al estrés; si el encuentro se vive como evaluación, es más probable que aparezcan dificultades como disminución del deseo, problemas de erección o anorgasmia, además de evitación de la intimidad.
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Rutinas que desplazan la intimidad
El culto al cuerpo suele exigir agenda estricta: entrenamiento, dieta, suplementación, descanso.
En casos severos, la vida social se reduce, y la pareja puede quedar subordinada a la rutina.
No es raro que surjan conflictos por control alimentario, rigidez y culpabilidad si “se rompe” el plan. La sexualidad, que requiere tiempo y disponibilidad emocional, queda relegada.
El factor silencioso: sustancias y salud sexual
La búsqueda acelerada de masa muscular puede incluir el uso de esteroides anabolizantes u otras sustancias sin supervisión médica.
Más allá de riesgos cardiovasculares y hepáticos, pueden alterar el eje hormonal y asociarse a cambios de libido, irritabilidad, síntomas depresivos y disfunciones sexuales.
El círculo se cierra: malestar corporal, más control, menos deseo.
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Señales de alarma y salidas posibles
Cuando el cuerpo se vive como enemigo, la respuesta no está en “tener más fuerza de voluntad”, sino en pedir ayuda.
Señales frecuentes: malestar intenso si no se entrena, evitación de situaciones por vergüenza corporal, impacto en trabajo o vínculos, necesidad de comprobación constante y sufrimiento sexual.
El abordaje suele combinar psicoterapia (con herramientas cognitivas y de relación con el cuerpo), intervención nutricional y, si corresponde, evaluación médica y psiquiátrica.
Recuperar la sexualidad implica, muchas veces, reaprender a estar en el propio cuerpo sin convertirlo en examen.