3 de julio de 2026

Tomás algo “de siempre” para dormir mejor, regular la presión o la alergia… y, sin embargo, el deseo cae sin explicación. No es raro: varios fármacos frecuentes pueden impactar la libido, la excitación u el orgasmo, y muchas parejas lo confunden con desamor.

El ayuno intermitente promete foco, vitalidad y control del apetito, pero en la intimidad no siempre se traduce en “más ganas”. Entre picos de energía, estrés y horarios, el cuerpo —y la pareja— pueden vivirlo como impulso o freno.

Cuando baja el deseo, solemos mirar la mente o la pareja. Pero el cuerpo también conversa. El entrenamiento de fuerza bien planteado puede mejorar testosterona, energía y autoestima, y con eso abrir una puerta realista (no mágica) a la libido.


La vigorexia, más que un deseo estético, es una trampa que consume la vida cotidiana y erosiona la sexualidad. Esta obsesión, marcada por una imagen distorsionada, transforma encuentros íntimos en evaluaciones angustiosas y desconectadas del placer.

La caída del deseo sexual femenino suele leerse como un problema “de pareja” u “hormonal”. Pero ansiedad y depresión —por sus síntomas y por sus tratamientos— alteran el circuito del placer, la excitación y el vínculo. Entenderlo cambia el abordaje.