El avance constituye una señal positiva para el capital humano, ya que una población con más años de formación suele contar con mayores oportunidades laborales, mejor capacidad de adaptación tecnológica y mayores ingresos potenciales. Sin embargo, el dato también expone un límite estructural. Aunque el promedio nacional mejoró, 10 años de estudio aún no equivalen a una finalización plena de la educación media, etapa cada vez más necesaria para acceder a empleos formales, técnicos o con mejores salarios. Desde una mirada económica, el aumento de la escolaridad es relevante, pero no suficiente si no se traduce en aprendizajes efectivos, permanencia en el sistema educativo y conexión con las demandas del mercado laboral. Paraguay avanzó en cobertura, pero todavía enfrenta el desafío de convertir más años de estudio en productividad, innovación y movilidad social. Además, de que la mayor escolaridad femenina se traduzca también en mejores condiciones laborales, mayor participación en sectores dinámicos, menor informalidad y reducción de brechas de ingresos.
La distribución por años de estudio en 2022 permite observar con más detalle la estructura educativa. En la población de 15 años y más, el grupo más numeroso entre los hombres se concentra en el rango de 10 a 12 años de estudio, con 33,2%, mientras que en mujeres la proporción es de 28,2%. En cambio, en el rango de 13 y más años, asociado a estudios superiores o trayectorias educativas más largas, las mujeres alcanzan 27,1%, frente a 20,9% de los hombres. Esta diferencia de 6,2 puntos porcentuales confirma una mayor presencia relativa femenina en los niveles educativos más altos. En los tramos bajos, las diferencias son menores: en “ninguno”, los hombres representan 3,2% y las mujeres 3,8%; en el rango de 1 a 3 años, los hombres llegan a 7,3% y las mujeres a 7,6%.
La brecha más crítica aparece al comparar áreas urbanas y rurales. Los últimos datos muestran que, el 30,0% de la población urbana de 15 años y más tenía 13 y más años de estudio, mientras que en el área rural esa proporción fue apenas 10,7%. La diferencia es profunda y tiene implicancias económicas directas: limita la capacidad de las zonas rurales para diversificar actividades, incorporar tecnología, mejorar la gestión productiva y acceder a empleos de mayor valor agregado. Además, el área rural concentra mayores proporciones en los tramos bajos: 5,9% sin años de estudio frente a 2,4% en zonas urbanas; 12,5% con 1 a 3 años frente a 5,2%; y 33,4% con 4 a 6 años frente a 16,2%.
En contraste, las áreas urbanas concentran más población en los rangos superiores: 33,8% tiene entre 10 y 12 años de estudio, frente a 23,7% en el área rural. Esto confirma que la desigualdad educativa no solo se expresa en el acceso inicial, sino también en la permanencia y progresión hacia niveles más altos. Para un país que busca elevar su competitividad, esta brecha territorial representa un problema de desarrollo: el lugar de residencia todavía condiciona fuertemente las oportunidades educativas y, por tanto, las posibilidades de inserción económica.
Finalmente, los datos del INE muestran un Paraguay con avances claros en escolaridad promedio y con una mejora destacada en la trayectoria educativa de las mujeres. Sin embargo, también revelan una estructura desigual, especialmente entre zonas urbanas y rurales. El país logró que la población estudie más años, pero el reto central es elevar la calidad, reducir la deserción, ampliar el acceso a educación técnica y superior, y asegurar que ese capital humano, tal como se mencionaba, se transforme en mejores empleos, mayor productividad y crecimiento económico más inclusivo.
* Este material es elaborado por MF Economía e Inversiones.