A no olvidarse de Yacyretá

La renegociación del Anexo C del Tratado de Itaipú será sin duda uno de los grandes temas que dominarán la agenda del Gobierno que saldrá de las urnas en abril, pero ello no debe hacer perder de vista las graves cuestiones pendientes en la otra hidroeléctrica binacional. Como central energética, Yacyretá es mucho más chica que Itaipú, pero las iniquidades cometidas contra el Paraguay no son menores y, en varios sentidos, son incluso peores. La reunión de los presidentes de ambos países esta semana en Buenos Aires es propicia para recordar que durante este Gobierno no se avanzó ni un centímetro ni en el arreglo de la deuda ni en la revisión del Anexo C de Yacyretá. Las nuevas autoridades deben reimpulsar las negociaciones porque, tal como están las cosas, cada metro cúbico de agua que pasa por las turbinas es pérdida del patrimonio de todos los paraguayos.

Cargando...

La renegociación del Anexo C del Tratado de Itaipú será sin duda uno de los grandes temas que dominarán la agenda del gobierno que saldrá de las urnas en las elecciones de abril, pero ello no debe hacer perder de vista las graves cuestiones pendientes en la otra hidroeléctrica binacional. Como central energética, Yacyretá es mucho más chica que Itaipú, unas cuatro veces en potencia instalada y unas cinco veces en generación, pero las iniquidades cometidas contra el Paraguay no son menores y, en varios sentidos, son incluso peores.

Los tratados de Itaipú y Yacyretá se firmaron los dos en 1973 y en todo lo fundamental son prácticamente calcados, en esencia con las mismas fórmulas tramposas para asegurar que tanto Brasil como Argentina se puedan apropiar a precio vil de la porción de hidroelectricidad que le corresponde a Paraguay por el aprovechamiento del potencial energético del río Paraná, cuyo caudal pertenece a nuestro país en un 50%. Desde que comenzaron a producir, Itaipú en 1984 y Yacyretá en 1992, Brasil se ha quedado con el 84% de la energía y Argentina con el 93%, sin que ello haya significado para el Paraguay una retribución mínimamente justa en comparación con el valor real de esos recursos.

En ambos casos, por imperio de los respectivos Anexos C y de su interpretación, siempre a favor de los vecinos más poderosos, Paraguay está obligado a “ceder” (no vender) sus excedentes a sus socios a cambio de una “compensación”, que actualmente es de aproximadamente unos ínfimos 11 dólares el megavatio/hora en Itaipú y de 8 dólares el MWh en Yacyretá. En números redondos, ya cubierto el supuesto precio de costo, que es la tarifa en planta por contratación de potencia, la energía paraguaya les cuesta unos 55 dólares el MWh a Brasil y unos 52 dólares el MWh a Argentina, cuando su presente precio de mercado es de entre 100 y 400 dólares el MWh, dependiendo de la negociación.

La razón esgrimida en su momento para imponer estas leoninas condiciones fue que Paraguay no tenía la capacidad financiera para hacerse cargo de su parte de la deuda por la construcción y equipamiento de las centrales. El argumento es falaz desde el momento en que, por disposición de los propios tratados, tanto Itaipú como Yacyretá se tienen que autofinanciar, ya que sus respectivas tarifas deben reflejar la totalidad de sus costos, incluida la amortización de capital y los intereses de sus deudas.

Pero no solamente no fueron los respectivos Estados de Brasil y Argentina los que pagaron en última instancia por la construcción y equipamiento de las centrales, sino que se beneficiaron enormemente con el cobro de intereses usurarios por deudas groseramente infladas o directamente inventadas.

En términos de volumen, por una cuestión de tamaño, lo de Itaipú es más grave. Para tener una idea, solamente los excedentes que Paraguay sigue cediendo a Brasil en Itaipú, unos 20 millones de MWh al año, superan con creces toda la producción anual de Yacyretá. Pero en términos relativos, lo de Yacyretá es todavía más escandaloso.

Para empezar, si bien la deuda de Itaipú tiene grandes porciones espurias y, con los costos financieros, terminó alcanzando unos 63.500 millones de dólares, por lo menos ya está cancelada; el 28 de febrero se pagó la última cuota, y finalmente Paraguay hoy es dueño del 50% de una de las centrales hidroeléctricas más grandes del mundo, ya totalmente amortizada, una fuente extraordinaria de energía limpia, barata y renovable.

La deuda de Yacyretá, en cambio, es un agujero negro. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto ya se pagó, cuánto se invirtió realmente en las obras y máquinas, cuánto se desvió, cuánto es atribuible a los atrasos, a las diferencias cambiarias, a las crónicas crisis fiscales argentinas. Supuestamente todavía se deben 20.000 millones de dólares, pero solo 4.000 millones están debidamente documentados. Y las veces que se habla de la obvia necesidad de un saneamiento, desde los gobiernos argentinos dejan entrever que ello sería una “condonación” a Paraguay, lo cual no solo es falso, sino indignante.

Paraguay no le debe un centavo a la Argentina por Yacyretá, todo lo contrario. Por un lado, es la entidad la que debe y, si no paga es porque Argentina a su vez no le paga, ya que es la que consume el 97% de la energía generada. Por el otro, Argentina tampoco le transfiere a Paraguay en tiempo y forma ni siquiera la mísera compensación por cesión de energía y jamás se resolvió la cuestión del territorio inundado, que es por lo menos 80% paraguayo, entre otros muchos incumplimientos.

La reunión de los presidentes Mario Abdo Benítez y Alberto Fernández esta semana en Buenos Aires es propicia para recordar que durante este Gobierno no se avanzó ni un centímetro ni en el arreglo de la deuda ni en la revisión del Anexo C de Yacyretá, que ya lleva casi diez años de retraso. Las nuevas autoridades deben reimpulsar fuertemente las negociaciones porque, tal como están las cosas, cada metro cúbico de agua que pasa por las turbinas es pérdida del patrimonio de todos los paraguayos.

Enlance copiado
Content ...
Cargando...Cargando ...