Relaciones de pasión y comercio: las Tiendas Aliadas (1866-1867)

Las guerras son fenómenos complejos, con caras invisibles para la mayoría de nosotros. Y de una faceta poco conocida de la Guerra del 70 trata este artículo del profesor Thomas Whigham.

Cándido López Vista interior de Curuzú mirado de aguas arriba (norte a sur) el 20 de septiembre de 1866
Cándido López Vista interior de Curuzú mirado de aguas arriba (norte a sur) el 20 de septiembre de 1866

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Quizá no todos mis lectores sepan cuánto material útil se pierde en el proceso de armar un libro para su publicación. En parte, por la edición, por la eliminación de detalles redundantes o menos importantes para promover la claridad en la composición. Y en parte por políticas del mercado. En Estados Unidos tradicionalmente las editoriales universitarias recibían subvenciones de sus respectivas instituciones para la publicación de estudios muy acotados; gracias a eso podemos encontrar libros que analizan la obra de poetas paquistaníes en las estanterías de todas las bibliotecas universitarias. Lamentablemente, en los primeros años del siglo XXI la economía estadounidense sufrió un declive y no pocas editoriales académicas cerraron o vieron desvanecerse los subsidios que antes disfrutaban, y los manuscritos tuvieron que ser comercializables para que se considerase su publicación.

En mi caso, yo tenía un manuscrito sobre la Guerra Guazú de más de mil páginas que hubo que reducir a 750. No fue del todo lamentable, porque me ayudó a hacer mi escritura más sucinta. Pero perdí material, notas, referencias que puedo tratar de resucitar hoy en parte para los lectores de El Suplemento Cultural, quienes presumiblemente estarán más interesados en mi análisis de los detalles que mis lectores norteamericanos hace diez años. Parte de lo que leerán a continuación apareció en la versión española del segundo volumen de mi estudio La Guerra de la Triple Alianza (2011), pero el resto probablemente será nuevo para los lectores (1).

Hoy quiero dedicar la atención a las poco conocidas tiendas privadas que sirvieron a los soldados aliados en sus campamentos en el sur de Paraguay entre 1866 y 1867 y al funcionamiento de la oferta y demanda de las tropas aliadas en tiempos de relativa inacción en el frente de Humaitá. Solo tenemos información limitada sobre estos temas. Ni los soldados ni los tenderos dejaron mucho registro. Además, siempre había algo un poco solapado o incluso subido de tono en estos intercambios, que Caxias y el alto mando toleraban como un mal necesario pero de los que no se enorgullecían.

Debemos recordar que los soldados que llegaban a Paraguay eran a menudo jóvenes ingenuos que nunca habían salido de sus distritos de origen en Argentina y Brasil. No sabían qué esperar de Paraguay salvo lo que había indicado un rumor descabellado. A menudo se involucraban en disputas tontas simplemente porque no sabían cómo comportarse entre otros hombres que habían sido enviados al frente. Antes de salir de sus casas, por ejemplo, a menudo llenaban sus mochilas con bagatelas inútiles que despertaban la envidia de los demás soldados. En ocasiones, hubo peleas con cuchillos por estas posesiones. Pero también podían cambiarlos por otros bienes y servicios.

Además de con otros soldados, ¿con quién podrías intercambiar estos artículos? Los recién llegados a Paraguay siempre se sorprendían por la cantidad y variedad de barcos que abarrotaban el río Paraná entre el puerto argentino de Corrientes e Itapirú, el desembarco controlado por los aliados de la costa paraguaya. Había pequeños vapores, patachos, fragatas, chalanas, zumacas, balleneras, goletas, incluso canoas, todos llevando provisiones y hombres al frente. Al comienzo del conflicto de la Triple Alianza, muchos de estos barcos eran de registro italiano; sus patrones conocían bien las aguas correntinas, habiendo realizado comercio fluvial en la zona durante más de una década.

Una vez que la guerra comenzó en serio, el número de embarcaciones fluviales se multiplicó con creces. 185 veleros cargados de mercaderías llegaron al puerto en Corrientes entre enero y abril de 1866 (junto con 39 vapores), y parece haber sido mayor el número de barcos que cruzaron a Itapirú sin detenerse (2). Se puede obtener una idea de la navegación abarrotada en este momento visitando el Museo Histórico Nacional en Buenos Aires y viendo la famosa pintura de Cándido López Itapirú, 19 de abril de 1866.

Justo al norte de Itapirú se encontraban los enormes campamentos aliados en Paso de la Patria y Tuyutí, que tenían más apariencia de estridentes bazares orientales que de campamentos militares. Los tenderos italianos, franceses, alemanes y vascos, en ocasiones anteriores mucho más móviles que las tropas, habían desechado en su mayoría sus tiendas cubiertas de piel a fines de 1866, alineando sus carretas de bueyes y rodeándolas de madera, ladrillos y lonas para establecer edificios semipermanentes. En este bulevar de cabañas vendían todo lo imaginable. Las bagatelas que los hombres habían traído de casa y los diminutos ahorros en plata que habían acumulado como salario pasaban fácilmente a manos de los traficantes cuyos negocios daban a los campamentos un aire cosmopolita (3). Había dentistas, panaderos, vendedores de empanadas de carne, embutidos y quesos traídos del puerto fluvial correntino de Goya o de Europa. Había sastres, prestamistas, vendedores de tabaco, comerciantes en espuelas y bridas, artículos de cuero, perfumes y folletos obscenos. Había cocinas improvisadas, establecimientos de reparación de calzado, salas de billar, talabarterías y abarrotes. Los analfabetos podían encontrar escritores de cartas para enviar a casa y asegurar a sus parientes que todo estaba bien. En tales bulevares de comercio se podía crear un mundo de fantasía.

Los tenderos mismos llevaban vidas de aventuras casi tan emocionantes o románticas como las de los soldados. El oficial brasileño Dionísio Evangelista de Castro Cerqueira expresó particular afecto por uno de ellos, un francés entusiasta y calvo que había servido con los zuavos de su país en la campaña de Crimea una década antes y que aún llevaba el kepi rojo de aquellos días. Este individuo era popular entre los soldados aliados porque tenía muchos relatos de sus hazañas militares y deleitaba a todos con canciones lujuriosas del conflicto anterior. Un día vendió su establecimiento a un gringo y desapareció, atraído por la nostalgia de su país natal (4).

Para mantener la moral en los campos aliados no bastaba comprar y vender mercancías baratas. Una de las grandes historias poca contadas de la Guerra Guazú es la de las mujeres que acompañaron a los ejércitos aliados hacia el norte. Cientos, incluso miles, vivían en campamentos, donde trabajaban como enfermeras, cocineras, lavanderas y prostitutas. Algunas habían viajado largas distancias para cuidar a un hijo, hermano o esposo. Otras, llamadas vivandeiras por los brasileños, actuaban como agentes de los tenderos en la venta de mercancías a los soldados aliados. Fuera cual fuese el nombre que se les diera, su presencia ofrecía apoyo y simpatía a los hombres que vivían bajo la presión de la batalla inminente.

Las relaciones que soldados y oficiales entablaban con estas mujeres podían ser muy significativas, al menos a corto plazo. A partir de abril de 1867, Albuquerque Bello, un teniente coronel de las fuerzas brasileñas, tuvo una relación extramatrimonial en el campamento con una mujer llamada Carlinda, a quien quería mucho y con quien podría haberse casado si no lo hubiera estado ya. Su relación le causó un sinfín de sentimientos de culpa (5).

No parece haber razón para dudar de la importancia de estas relaciones mientras los hombres estaban en el campamento, pero da la impresión de que los cronistas de la guerra evitaron mencionar a estas mujeres. Una excepción interesante fue el capitán Francisco Seeber, futuro alcalde de Buenos Aires, cuyas breves palabras sobre el tema todavía llaman nuestra atención: «Estas infelices mujeres que siguen nuestros movimientos se visten con ropa pobre, comen solo las sobras, se alojan en cenadores, lavan a los soldados, cocinan para ellos y los cuidan con el mayor cuidado cuando se enferman o resultan heridos. Nadie las recuerda excepto para hablar mal de ellas» (6).

Se daba por sentado que las seguidoras de los campamentos podrían tener relaciones amenas y sexuales con soldados. Estas relaciones ganaron una aceptación tácita no muy diferente de la que se hubiera encontrado entre los gauchos y sus chinas en las pampas. La mayoría de los enlaces no tenían legitimidad en el sentido legal. En décadas anteriores, había sido una práctica común en Argentina tratar a las «mujeres públicas» como vagabundas, designación que las exponía al destierro a las fronteras patagónicas. Allí brindaban servicios sexuales a soldados en guarniciones aisladas. Si bien no está claro si esto fue generalizado durante la campaña paraguaya, la gran cantidad de soldados actuó como un imán para las «mujeres peligrosas».

Los tenderos aprobaron la presencia de las mujeres entre los soldados aliados porque también podían ganar dinero con ellas. De hecho, los salones que presentaban a «damas de poca virtud» eran comunes en Paso de la Patria e incluso dentro de dos o tres kilómetros de las líneas del frente. El general riograndense Manoel Osório intentó una vez cerrar estos establecimientos y obligar a las mujeres a cruzar el río hacia Corrientes para frenar las enfermedades venéreas. Sin embargo, rápidamente abandonó la idea por ser poco práctica (7). Cuando el nuevo comandante aliado, el marqués de Caxias, llegó al campo aliado, ordenó que se asignara a las mujeres trabajo remunerado como camilleras de hospital y enfermeras (8). Esto parecía un compromiso prudente entre las apariencias y la practicidad, y ya sea que los gobiernos aliados quisieran admitirlo o no, todos en el frente reconocieron que las mujeres del campamento mejoraron la moral entre los hombres.

Las mujeres se volvieron omnipresentes. Unas pocas eran paraguayas, y, además de sus otras actividades, también actuaron como espías del Mariscal López al pasar todo tipo de información útil a través de las líneas. Otras eran argentinas o brasileñas, y solo unas pocas europeas. Cómo la mayoría llegó al frente es un misterio.

Por supuesto, debemos señalar que los soldados paraguayos del otro lado de la línea disfrutaron de pocas ventajas de este tipo. Algunas mujeres vivían entre ellos, y sin duda ofrecieron apoyo y amabilidad. Pero Humaitá no tenía establecimientos para la venta de artículos de lujo hasta que la suerte de la guerra se volvió momentáneamente a favor del ejército del Mariscal en noviembre de 1867. El día tres del mes, tras una larga serie de reveses, unos 9000 efectivos paraguayos irrumpieron en la línea, conduciendo todo el camino a Tuyutí antes de retirarse. Invadieron las tiendas y tomaron todo lo que pudieron. El mismo día quemaron el cuartel y el hospital aliado. El botín consistía en todo lo imaginable, incluidos rifles, estandartes de batalla y comida. El coronel George Thompson, combatiendo del lado paraguayo, fue testigo de lo que los soldados trajeron consigo: «Las únicas alcachofas que vi en Paraguay fueron traídas del campamento aliado ese día. […] Sombrillas, vestidos, miriñaques, camisas (especialmente camisas de Crimea), paño fueron traídos en grandes cantidades, cada hombre cargando tanto como podría. Se trajo un telescopio trípode de uno de los mangrullos y abundantes relojes de oro, soberanos y dólares» (9).

La batalla en sí no fue una victoria paraguaya, pero debemos señalar que no fue el mejor día para los tenderos; si tan solo hubieran podido visitar Ciudad del Este en nuestros tiempos, tal vez se sentirían de otra manera.

Notas

(1) Thomas Whigham, La Guerra de la Triple Alianza. Volumen Dos: El triunfo de la violencia, el fracaso de la paz, Asunción, Taurus, 2011, pp. 272-276.

(2) Entradas y salidas de buques. La Esperanza (Corrientes), 15 de abril de 1866.

(3) En septiembre de 1867, después de que el principal campamento aliado se trasladó al norte, a Tuyucué, un corresponsal de guerra contó 118 tiendas de campaña dedicadas a operaciones de comercio, 77 bajo bandera brasileña y el resto bajo bandera argentina. Ver el Informe de M. A. de Mattos en La Nación Argentina (Buenos Aires), 24 de septiembre de 1867.

(4) Cerqueira, Reminiscencias da Campanha, Río de Janeiro, Gráfica Laemmert, 1948, p. 204

(5) Ver Diario de Albuquerque Bello (15 abr. 1867), en Ricardo Salles, Guerra do Paraguai. Memórias e Imagens, Río de Janeiro, Biblioteca Nacional, 2003, pp. 235-236.

(6) Seeber a Santiago Alcorta, Tuyutí, 24 julio 1866, en Cartas sobre la guerra del Paraguay, 1865-1866, Buenos Aires, Rosso, 1907, p. 150.

(7) Osório y los demás comandantes aliados resentían la distracción que inspiraban estas prostitutas, e incluso circuló una historia sobre la batalla del Riachuelo de 1865 que sostenía que el almirante brasileño Francisco Barroso tuvo que detener sus maniobras en dos ocasiones distintas para calmar a las mujeres histéricas, que los soldados aliados habían llevado a bordo de su buque insignia [Comunicación personal con Adler Homero Fonseca de Castro, Río de Janeiro, 12 de junio de 2009].

(8) Ordem do Dia no. 7, artigo no. 12, Cuartel General, Tuyutí, 28 de noviembre de 1866.

(9) George Thompson, The War in Paraguay, Londres, Longmans, 1869, p. 235.

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