La Toma de Corrientes

Un testigo describió aquel 13 de abril de 1865 –era Jueves Santo–, el día en que comenzó la ocupación paraguaya de la provincia argentina de Corrientes.

Antigua foto del puerto de la ciudad de Corrientes.
Antigua foto del puerto de la ciudad de Corrientes.gentileza

Una de las decisiones más controvertidas del mariscal López en las primeras fases ofensivas de la Guerra Guazú fue invadir la provincia de Corrientes en abril de 1865. El gobierno de Bartolomé Mitre se había negado a dejar de lado las reglas de neutralidad y permitir el paso del Ejército paraguayo por territorio argentino para atacar a los brasileños en Río Grande do Sul. La decisión de López, por supuesto, hizo inevitable la cohesión entre Brasil y Argentina y debilitó dramáticamente a ciertas facciones en Argentina que podrían haber favorecido la lucha paraguaya contra el Imperio. La ironía es que López, por tanto, fue el impulsor de la invasión de su país en 1866 y su derrota cuatro años después. No es de extrañar que su decisión fuera tan controvertida.

Considerando lo fundamental que fue la invasión de Corrientes en el curso posterior de la guerra, hay muy poca información sobre los hechos reales del momento. Eso presta interés al poco citado escrito que traigo a los lectores hoy. Su autor, José Fermín González (1847-1919), nacido en el pueblito de Bella Vista, uno de los pocos testigos correntinos de esta fase de la guerra, dejó memoria de los hechos del 13 de abril de 1865 (fecha también, por cierto, del asesinato de Abraham Lincoln).

Como no tenía información biográfica sobre él, me puse en contacto con una joven historiadora de Bella Vista, Verónica González, quien me envió detalles de interés. Había sido que don Fermín ganó el rango de teniente coronel del Ejército argentino en el conflicto con Paraguay, fundó un parque municipal, una biblioteca popular y varias instituciones escolares en su pueblo natal, incluyendo una Escuela Nacional de Agricultura y una escuela para niñas, y sirvió como diputado y senador.

La actual generación de correntinos lo ha olvidado. Basta pasar por su tumba para ver que nadie cuida su memoria. Una lástima, porque claramente era un señor interesante. Pero sufre el destino de la mayoría de los seres humanos. Como dice Borges en El Aleph, «Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto». En todo caso, hoy podemos recordar a don Fermín leyendo lo que escribió sobre esos días de guerra.

El 13 de abril de 1865

Lo siguiente está tomado del libro Corrientes ante la invasión paraguaya (Corrientes, La Populara, de E. Díaz, hijo, 1916), de José Fermín González:

«El 13 de abril de 1865 amaneció brindando las galas de un día primaveral, con su cielo apenas sonrosado, despejada y placida la atmósfera; podía sin ningún esfuerzo hundirse la vista en dilatado horizonte. Merced a ello, el vigía del 25 de Mayo alcanzó a percibir la silueta de un convoy de cinco buques a vapor que bajaba de Tres Bocas e inmediatamente dio el aviso del caso: ¡Cinco vapores de arriba, a la vista!...

Era Jueves Santo; la población de Corrientes, ajena a todo peligro, había pasado los días de la semana hasta esa hora preocupada tan solo de las prácticas religiosas. La novedad de la extraña aparición de los vapores circuló en su seno con sorprendente rapidez, de tal modo que, cuando la flota enfrentaba el puerto, las barrancas de la costa ya se hallaban coronadas de curiosos, comentando el hecho de tales buques en viaje, que tan rápidamente seguían aguas abajo.

Se estaba en presencia de una escuadra paraguaya, en derredor de la cual se formaban todo género de conjeturas. Cuando, ya tranquilizados los ánimos, cada cual volvía por su lado a la ciudad, aparecieron de nuevo los mismos buques arribando a tierra firme, en dos grupos: el Tacuarí (buque insignia), Paraguarí e Igureí, de vanguardia; el Marqués de Olinda y el Ipora en reserva; marchando a toda fuerza de sus máquinas, hasta ponerse casi en contacto con el 25 de Mayo por ambos costados, el Tacuarí y el Igureí (quedando un tanto atrás el Paraguarí) de modo a dejarlo encajonado. Sin mediar intimación, lo hicieron blanco de fuego de sus batallones, abordándole en seguida.

No obstante tan alevoso ataque, el escaso personal que lo tripulaba cumplió bravamente su deber, contestando el fuego traidor y luchando cuerpo a cuerpo cuando fue abordado, hasta ser materialmente aplastado por el número. Inútilmente, varios buscaron su salvación, echándose al agua, pues eran ultimados a hachazos por los tripulantes de los botes que desprendieron los vapores asaltantes.

Solamente pudieron escapar de aquella bárbara masacre el guardia marina Castillo y tres marineros.

Simultáneamente con el ataque al 25 de Mayo, el Marqués de Olinda y el Ipora, anclados a corta distancia del Gualeguay que, como ya se ha dicho, estaba amarrado a la costa y no era posible abordarlo, rompieron el fuego de fusilería de sus infantes y de algunas piezas de su artillería sobre la costa, en donde el comandante Lino D. Neves y los pocos marineros del expresado buque, tendidos en guerrilla, se batían con denuedo, espontánea y decididamente apoyados por el sargento mayor de infantería miliciana, don Desiderio Sosa, al frente de un grupo de vecinos, reforzados, minutos después, por los coroneles Alsina y Báez, con algunos marineros de la capitanía del puerto.

Rechazados con numerosas bajas dos veces consecutivas los botes que, al amparo del nutrido fuego de los buques, se aproximaron a tierra con intento de abordar al Gualeguay y reforzados, en un tercer ataque, lograron cortar las amarras y tender un calabrote al Marqués de Olinda, apoderándose así del deseado vapor; y, sin más demora, la flota pirata siguió viaje de regreso, conduciendo como trofeos de su filibusterismo al 25 de Mayo con algunos míseros tripulantes aprisionados y el Gualeguay sin más que su casco escueto.

El comandante de este buque, señor Neves, al participar al Ministerio de Marina el vandálico asalto, exponía: “Pongo también en conocimiento de V.E. que, al empezar esta desigual pelea, se encontraba a mi lado el coronel Alsina y mayor don Desiderio Sosa. El primero pasó a la ciudad para llamar al pueblo, como lo efectuó, a las armas, y el segundo fue el primero que inició la resistencia, haciendo uso de un revólver y tomando después una tercerola con la que continuó batiéndose”.

Por su parte, el gobernador de la provincia, en nota fechada el 13 de abril, dirigida al ministro de Guerra y Marina, decía: “Participo a V.E. que a las 7 y cuarto de la mañana, una escuadrilla paraguaya de cinco de los principales vapores de aquella marina, con numerosas fuerzas de desembarco, bajaban por frente de esta capital, regresando poco después y acometiendo al vapor 25 de Mayo.

Última hora. Los vapores han sido tomados... y se los llevan”.

El pueblo no acertaba los alcances de lo sucedido, no admitiendo como posible que la piratería perpetrada fuera seguida de otros actos de hostilidad, no existiendo declaración de guerra ni motivo conocido que siquiera los cohonestara. [En esto el autor se equivoca: hubo declaración de guerra de Paraguay dos semanas antes, algo que el gobierno sabía, como lo prueba una carta del ministro Guillermo Rawson a Mitre, fechada a fines de marzo; sí es innegable que las autoridades correntinas desconocían esa carta y lo que contaba, de lo cual se debe culpar al gobierno].

El asombro público rayaba en estupor. Pero no tardó en reaccionar; los ciudadanos más animosos y previsores, como los que acababan de batirse, rodearon al gobernador y su ministro don Juan José Camelino, oficiándoles su decidida cooperación.

De aquel acto generoso surgieron las disposiciones aconsejadas por las circunstancias, tales como la enérgica proclama del gobernador dando cuenta al pueblo de la nación, del asalto y apresamiento de los vapores; comunicaciones al gobierno nacional y autoridades departamentales; declarando en asamblea a toda la provincia, cuyas milicias movilizaba, llamando a las armas los ciudadanos de 17 a 50 años siendo casados y 60 los solteros, bajo pena de ser considerados traidores a la patria y otras igualmente necesarias.

Aunque todos emularon en deseos de llenar las exigencias del momento, quien se destacó por eficacia fue el mayor Sosa, cuya actividad y energía, desplegadas en el empeño de reunir las fuerzas populares, al extremo de atender personalmente el servicio de “levas” en la ciudad y pueblos circunvecinos, impuso a los irresolutos y medrosos el cumplimiento del deber, y a todos, el espíritu varonil que cuadraba en la ocasión.

Los tambores de la mayoría de Plaza batían “generala” por las calles y suburbios, y los vecinos se reunían en el cuartel, unos y otros en las plazas de Mayo y del Mercado, en donde se les dio la organización del caso por el coronel don Solano González.

En esos empeños se emplearon las horas restantes del día 13; el 14 amaneció con otra nueva sorpresa. Cinco vapores de guerra paraguayos, cargados de tropas de infantería y artillería, fondeaban al norte de la ciudad y se preparaban a desembarcarlas. No había que pensar en resistirlas sino en retirarles elementos de todo género. En consecuencia, el gobernador Lagraña evacuó la ciudad llevándose a Lomas toda la gente que a esa hora estaba reunida, en donde se incorporó el mayor Sosa de regreso de su gira a San Cosme al plantel del batallón, que más tarde se llamaría Primero de Corrientes, o simplemente “Correntino”, con cuyo nombre hizo la campaña gloriosamente, de la cual muy pocos regresaron a sus hogares.

Desembarcadas las fuerzas paraguayas, al mando del general [Wenceslao] Robles, en número de tres mil hombres, marchó al centro de la ciudad ocupando la Plaza de Mayo y sus adyacencias, coincidiendo con la llegada de una columna de caballería, compuesta de 800 soldados, procedente de Paso de la Patria.

Dada la absoluta carencia de elementos bélicos, gravada por la sorpresa y urgencias del momento, pareció que lo indicado era reconcentrar los recursos de resistencia de la provincia en donde poder organizarlos y metodizar las operaciones de guerra subsiguientes. Al efecto, el gobernador y personal de la administración que lo acompañaba, se trasladó a San Roque, pasando por Empedrado y Saladas, en donde tomó las providencias necesarias, particularmente las relativas a quitar elementos al invasor, por medio de partidas ligeras puestas a su observación: servicios en que se distinguieron entre otros, los coroneles Calvo y Alsina y comandantes Leyes y Pérez, mayor Alemi y capitán Azula. El batallón en formación también marchó a San Roque, de donde pasó a Bella Vista a remontar su efectivo, siguiendo a Goya al mismo objeto y luego regresó al campamento de Laguna Ávalos; al cual pronto veremos entrar en acción con la bizarría que nunca deslució».

Profesor Emérito, Universidad de Georgia

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