El portal infinito (y III)

En 2019, una joven profesora universitaria y su pareja encontraron, a 500 kilómetros de Buenos Aires, cientos de libros abandonados que pertenecieron a Augusto Roa Bastos. La protagonista de este descubrimiento nos cuenta en primera persona la historia de los libros perdidos de Roa Bastos en El Suplemento Cultural en la serie «El portal infinito», que concluye hoy.

Celina Brittez (centro) y su familia con el agregado cultural de la Embajada de Paraguay en Argentina, durante la entrega de los libros de Augusto Roa Bastos.
Celina Brittez (centro) y su familia con el agregado cultural de la Embajada de Paraguay en Argentina, durante la entrega de los libros de Augusto Roa Bastos.

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Para principios de 2020, durante el aislamiento social preventivo y obligatorio por el avance de la pandemia del Covid-19, yo tenía todos los libros de Roa Bastos en mi biblioteca, ordenados por tema y cada cual con su marca y subrayado exactamente en el lugar donde los dejó el autor. En ese contexto, también fui mamá, y el embarazo en crisis sanitaria me obligó a permanecer en un encierro muchas veces desesperante. Para sumergirme en una realidad distinta, sin caos, sin temor, leí sin parar.

Me aferré al contenido de la biblioteca con la pasión de quién debe desprenderse de un tesoro y quiere empaparse de él. Simultáneamente, conocía un poco más de él: le apasionaba buscar conexiones entre realidad y ficción relevando los diarios, colocando recortes dentro de los cuentos que, hasta de las maneras más descabelladas, vislumbraban conexiones con los relatos; su caligrafía no se alteraba aun en anotaciones breves; mecanografiaba ideas y las escondía en sus libros; era un fuerte defensor de la igualdad; estudiaba francés; usaba camisa y chaleco; a veces leía los libros a medias, analizando a un extremo casi indescriptible capítulos puntuales; usaba las hojas de un calendario viejo como marcadores de textos; no desechaba las boletas de venta de las librerías y casi nunca compraba un solo libro a la vez; atesoraba diferentes papelitos dentro de los libros, todos con un sentido y un mensaje.

La palabra, el autor y el hombre me mantenían cautiva. Pero pronto caí en la cuenta de que me estaba involucrando demasiado en un puente entre realidad y ficción que no me pertenecía.

Si bien dicen que, con el correr del tiempo, uno transforma los hábitos repetitivos en costumbres, mi destino con los libros perdidos era distinto. Con el paso de los años, la incomodidad de tener algo ajeno empezó a pesarme con más fuerza. El deseo de devolverlos se volvía urgente: primero llegaron los sueños. Veía a Roa parado en una estación de tren; en una mano portaba una valija vacía y en la otra el ejemplar de Casaccia. Después, comencé a sentir culpa de leer los papelitos, incluso sus notas. Al final, ya no encontraba consuelo ni en sus propias obras, pensando en la posibilidad de alterar algún elemento del destino, con mis manos.

La biblioteca fue custodiada por mi pasión literaria hasta mediados de 2022. Durante ese tiempo nadie pudo acercarse a las estanterías colgantes, que vigilé furiosa e incansablemente hasta el último día. Durante ese tiempo crecí, me reinventé, me sumergí en un mundo mágico que cambiaría mi percepción de la realidad.

Tardé tres años y siete meses en escribir a la embajada paraguaya. Un poco porque quería continuar sumergida en las letras y otro porque me daba miedo perder el portal que me había cuidado tanto. Con la biblioteca me encontré a mí misma, me enamoré de Roa, fui protagonista (por fin) de mi propia historia y volví a creer en muchas cosas. Tal vez demoré tanto porque me costó asumir que, con esta causa, aún lejos de los libros, mi vida había cambiado para siempre.

Una de las notas encontradas entre los libros perdidos de Augusto Roa Bastos
Una de las notas encontradas entre los libros perdidos de Augusto Roa Bastos

Un día de invierno me contactaron para coordinar la entrega. En el quinto traslado desde que habían llegado a mis manos, los libros se preparaban para viajar al Paraguay, donde serían entregados a la Fundación Augusto Roa Bastos que dirige su hija Mirta Roa. Organizamos una merienda en casa de mis padres. Estábamos inquietos: felices por devolver la biblioteca, tristes por despedirla. Habíamos preparado cajas idénticas por separado. En una especial, sus cartas y fotos personales, en las demás las obras con sus respectivas marcas. Faltaban minutos para recibir a los enviados de la embajada paraguaya y yo me sentía al borde del colapso. Tenía miedo de que algo saliera mal, de haber dejado un libro mezclado entre los míos, confundido alguna marca de lugar o haber olvidado esconder en la caja privada elementos fundamentales. Revisaba una y otra vez: catálogo, marcadores, ubicación. Mamá cerraba con cinta las que ya estaban listas.

A punto de sellar la última caja, vi un libro caído debajo de la silla. No tuve que hacer un esfuerzo para distinguirlo. Tampoco esperé algo diferente. Tratándose de los libros perdidos, el broche final debía ser especial. Los exiliados, de Casaccia, yacía boca abajo: el primer libro, el que me movilizó tanto, el de los sueños vividos que me enfrentaron a la realidad del desarraigo de la biblioteca de Roa y su deseo de volver a casa. Como despidiéndose, Roa me recordaba por qué había llegado hasta allí: el puente entre lo real y lo imaginario se mecía exactamente frente a mis ojos, una vez más.

Después de aquel día, todo avanzó muy deprisa. La biblioteca viajó a manos de la familia del autor, compartí los cuentos escritos por su hija con mi pequeña bebé, algunos curiosos se acercaron a mí para conocer la historia, lloré de emoción muchas veces, mirando fotos de mis libros en vitrinas de museo. Entonces podía pensar que ya había sido suficiente. Sin embargo, aún quedaban piezas por mover.

Conté la historia verbalmente muchas veces. Dónde estaba el tesoro, cómo cambio mi vida, qué sentí cuando llegó el momento de devolverlo a casa. Me esforcé por no restarle importancia a los detalles, por transmitir un poco de mi sorpresa, por maravillar a quienes me escuchaban como me habían maravillado a mí. Sin embargo, en casi todas las entrevistas surgió una misma pregunta: ¿por qué no pedimos nada a cambio?

Monetizar un portal entre la realidad y la magia. Robar el tesoro de un pueblo. Aprovecharse de quien perdió sus puentes. Vender la magia. La pregunta recurrente me enfrentó a una realidad difícil de asumir. Estamos perdiendo la capacidad de sentir.

Entonces pensé en el destino, en ese Roa que nunca pudieron callar y que siempre tuvo la palabra justa para cada oportunidad: cuarenta años más tarde, en medio de una modernidad a veces un poco egoísta, los libros trajeron, al menos para mí, algo en qué creer. Estuve segura, en aquel momento, de que aún me quedaba una tarea restante: tenía que contar la historia.

He demorado 360 días y nueve horas en poner en palabras mi travesía con los libros perdidos de Augusto Roa Bastos. El descubrimiento de ese tesoro me mantiene cautiva en un laberinto de casualidades que, aún hoy, continúan revolucionando mi corazón. El proceso de empezar y abandonar borradores fue frustrante durante mucho tiempo. No lograba escribir una sola oración sin sentir que le restaba magia. No encontraba el modo de contar sin matizar detalles. Insólitamente, está vez no podía volver ficción algo tan real.

Estaba dándome por vencida cuando una tarde, buscando algo en mi biblioteca, cayó al suelo un papelito. Quizá una parte de mí estaba esperándolo hacía tiempo, porque antes de agacharme a levantarlo, sentí que, otra vez, Roa sonreía mirándome desde algún rincón. La letra, la tinta, el color de la hoja, era evidente que se trataba de una de las piezas del tesoro. Lo levanté emocionada, y me tomé algunos segundos antes de leerlo en voz alta: «Yo sueño cuando no duermo, cuando duermo no sueño».

Por si el universo volviera a parecerme finito, la casualidad escondió esa primera frase de Roa durante todo este tiempo en mi biblioteca. Como esperando el momento en que iba a necesitar la inspiración para contar la historia. Quizá recordando aquello que los libros gritaron desde el primer día: que serán los sueños los que vendrán a buscarnos si perdemos el rumbo, que los puentes están por todas partes y solo es cuestión de dejarse llevar, de animarse a ver más allá.

Desde algún lugar Augusto Roa Bastos volvió para decirme que sus letras, espadas y escudos de la libertad, nos cuidarán eternamente en un portal infinito entre lo real y lo imaginario, al que todos estamos invitados.

Celina Brittez con los libros perdidos -y recuperados- de Roa Bastos (Télam)
Celina Brittez con los libros perdidos -y recuperados- de Roa Bastos (Télam)
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