«Ero debole»: Adiós a Gianni Vattimo

El Suplemento Cultural despide con este artículo de Montserrat Álvarez al filósofo italiano Gianni Vattimo (Turín, 4 de enero de 1936 - Rivoli, 19 de septiembre de 2023), discípulo de Hans-Georg Gadamer y Luigi Pareyson, artífice de estudios fundamentales sobre Schleiermacher, Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche y autor de libros tan decisivos para el pensamiento contemporáneo como ‘Más allá del sujeto’ (1981), ‘El pensamiento débil’ (1983) o ‘El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna’ (1985), entre muchos otros, quien falleció el pasado martes a los 87 años de edad.

Gianni Vattimo (a la izquierda) con Umberto Eco, Luigi Pareyson y Hans-Georg Gadamer en alguna esquina de los años 80
Gianni Vattimo (a la izquierda) con Umberto Eco, Luigi Pareyson y Hans-Georg Gadamer en alguna esquina de los años 80

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Tengo entendido que en sus últimos años el filósofo turinés Gianteresio Gianni Vatimo, fallecido el martes en Rívoli, apareció, por motivos que ignoro, en las páginas de la llamada prensa rosa, y, peor aún, que mucho antes de eso fue eurodiputado (e incluso que, al parecer ya en este tercer milenio, a pesar de haberse dicho a veces anarquista –un anarquista debole, elogió a presidentes y visitó a tiranos), pero como no sé mucho sobre esos aspectos suyos, y, principalmente, como lo que creo que nos corresponde por ahora a cada uno de nosotros es esbozar aquello que a nuestro juicio merecerá sobrevivirlo, diré que para mí hablar de Gianni Vattimo es ante todo hablar de la violencia de la metafísica, ese universo inmutable de los primeros principios, fundamento de las certezas filosóficas, religiosas, científicas, horizonte de afirmaciones universales que conlleva la indiferencia por todo lo concreto, que no puede desde esta perspectiva ser otra cosa que engañosa apariencia a rasgar para alcanzar la esencia, mera contingencia bajo la cual subyace lo necesario, caducidad ilusoria que oculta lo permanente.

Por eso la metafísica, para Vattimo, es violenta. Violenta contra el ente, por pensar que solo tiene sentido si se lo remite a un fundamento –sea este el motor inmóvil, el progreso, Dios, la ciencia o cualquier otro– que todo lo explique, lo justifique, lo ordene y lo jerarquice. Pero la condición posmoderna (título de aquel famoso libro de Lyotard, cuyo descreimiento en la vigencia de los grands récits de la Modernidad Vattimo compartía) consiste justamente en vivir la crisis de los fundamentos: es el momento del nihilismo, único metarrelato que explica el fin de todos los metarrelatos. No es el nihilismo para Vattimo una enfermedad a curar, sino la única experiencia humana posible en este punto de nuestra historia en el que nada seguro queda, excepto esa nada que hemos de aprender a habitar, porque nuestra desazón no emana de que seamos nihilistas sino del hecho de que aún no somos lo bastante nihilistas para saber «vivir hasta el fondo la experiencia de la disolución del ser». Aceptar ese horizonte en ruinas sin rebelarnos para levantar sobre ellas nuevos absolutos es el nihilismo que propone Vattimo, un nihilismo débil para un mundo en el que ya no cabe saber alguno que no sea parcial, local, situado. Así, a la sombra de Heidegger, del que fue gran lector, Vattimo traza la larga historia del ocaso del Ser, del final de la metafísica: por eso el pensiero debole no es, como a veces se cree, expresión de una toma de consciencia de las limitaciones del entendimiento humano, sino el correlato natural de la creciente debilidad del Ser, de la pérdida de fundamentos y certezas: fenómeno ontológico antes que epistemológico, el pensamiento débil es cada vez más débil porque el Ser mismo es cada vez más débil.

Un concepto clave aquí es el de secularización. Los siglos (saecula), decía en sus Etimologías Isidoro de Sevilla, se llaman así porque se suceden (quod sequantur). Ignoro en qué momento exacto de la Edad Media el siglo, de ser una unidad de medición del tiempo, pasó a designar lo temporal en cuanto tal, y comenzamos con ello a llamar secular (seglar, diría, en buen romance, Berceo) a lo mundano entendido como opuesto a lo eterno. De ahí que los seglares sean los que viven «en el siglo», los que viven «en el mundo», a diferencia de los que renuncian a él (y se entregan a la vida contemplativa, anticipo de la muerte, que es un poderoso absoluto y contracara –o disfraz– del Ser). La secularización será, así, la pérdida de la función religiosa o el estatuto sagrado de algo o alguien. Como cuando un sacerdote, por ejemplo, renuncia a sus votos o una monja –disculpen la breve fantasía– salta la muralla y escapa del tiempo suspendido del claustro.

Comenté lo anterior porque, tal como la historia de Occidente es, en este marco, la historia del ocaso del Ser, la historia del cristianismo es para Vattimo la historia de la secularización, y esta es una paradoja muy bonita y elegante de Vattimo: lejos de amenazar al cristianismo, como suele pensarse, la secularización representa el cumplimiento de su vocación auténtica, porque, similar en esto al Ser de la metafísica, el Dios cristiano es un dios menguante, un dios cuya divinidad mengua, como ya lo vio Pablo de Tarso en la Epístola a los Filipenses: al encarnarse, Cristo se vació (ekénosen) de su divinidad, y la historia del cristianismo es por ello desde entonces –o sea, ab initiola historia de la kénosis de Dios, es decir, la del ocaso de su propio fundamento.

No es casual el paralelo entre el Dios del cristianismo y el Ser de la metafísica, pues el pensiero debole –sintagma que acuñó Vattimo en los 80– no es otra cosa que el pensamiento filosófico en el mundo posterior a la «muerte de Dios», donde ya no podemos aspirar a la verdad tradicional, esa verdad universal, objetiva y eterna. Ni siquiera sobrevivirá a Dios la verdad del arte, último refugio de lo sagrado, esa verdad autotélica que la Modernidad entendía, desde el Romanticismo, como esplendor del ser, puesto que en el horizonte posmetafísico, secularizado, del pensamiento débil, también el aura de la obra de arte –otrora irrepetible manifestación «de una lejanía (por cerca que pueda estar)», decía Benjamin– se enfría y se debilita, sin apagarse del todo, y, en esta nueva penumbra, el desencanto introducido por la reproductibilidad técnica –forma estética de la secularización– confluye también –con su arte posaurático, con su aura debole– en la disolución general de todas las estructuras fuertes y estables del Ser.

¡Dios ha muerto! He ahí el disparo de salida de la Modernidad, ese reino del sujeto arrojado a su terrible libertad, ese momento del sentimiento trágico de la secularización que presta su timbre a la fuerte voz de filósofos anteriores a nosotros, desde Nietzsche hasta los existencialistas. Timbre que ya no resuena en la amable prosa de Vattimo –un excelente prosista, dicho sea de paso, claro y cortés (y uno de los más plagiados o «reciclados» hasta hoy por académicos e intelectuales que no siempre lo citan donde debieran). Dios ha muerto, y ni siquiera nuestra propia muerte puede ser ya demasiado trágica: Ero debole, fue la broma póstuma que, previendo su inminente fin, dejó preparada Vattimo, y que leí el martes en sus cuentas personales de redes sociales. Hay toda una lección en esa broma, incitación al racconto –pienso en el «Rosebud» que murmura Orson Welles como Charles Foster Kane, la clave que vertebra retrospectivamente lo vivido, revelando su secreta coherencia–, un final que es comienzo, pero no hay grandilocuencia ni desgarro. A lo sumo, cierta dulce melancolía, como en toda despedida, por libre de nostalgia que esté. Nada que no prefigurase ya el pensamiento débil, que es, a fin de cuentas, un adiós; adiós a un gran pasado de sombría belleza, adiós a lo sagrado y la violencia de los absolutos. Nada quedará desde ahora que no sea provisorio e interpretable. Ni siquiera el declarado catolicismo de Gianni Vattimo –ni su «comunismo débil»–, que él entendió, con sensibilidad tan secular, como cultura, tradición y modo de vida, antes que como fe. Ya nadie vendrá a ocupar el vacío trono de Dios.

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