La idea no es nueva, pero gana popularidad porque encaja con un problema contemporáneo: la sobrecarga. Distintos estudios han vinculado los entornos desordenados con mayor estrés percibido.
Investigaciones de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), por ejemplo, observaron asociaciones entre hogares con más “desorden” y niveles más altos de cortisol en algunas personas. No significa que ordenar sea una cura, pero sí que el entorno puede influir en cómo nos sentimos.
Diez minutos que cambian el “paisaje” de la noche
La rutina funciona por acumulación de pequeños gestos.
En los primeros minutos, el foco está en despejar superficies: retirar ropa del piso o la silla, llevar platos o tazas a la cocina y dejar la mesa de noche libre de objetos innecesarios.
No es una limpieza profunda; es una edición rápida del campo visual.
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Luego viene un paso clave: preparar el “primer minuto” de la mañana. Dejar lista una botella de agua, la ropa del día siguiente o el bolso de trabajo reduce decisiones al despertar, cuando la fuerza de voluntad suele estar más baja. Esa anticipación, dicen especialistas en hábitos, ayuda a que la mañana se sienta menos caótica.
El cierre apunta a bajar estímulos: atenuar luces, guardar pantallas o al menos colocarlas fuera del alcance inmediato y ordenar cables o cargadores para que no queden como recordatorio de tareas pendientes.
Un dormitorio con menos señales de actividad suele facilitar la transición a un modo de descanso.
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Por qué puede mejorar el ánimo al despertar
La “limpieza visual” no garantiza felicidad, pero puede favorecer dos cosas que sí influyen en el estado de ánimo: un descanso de mejor calidad y una mañana con menos fricción.
Dormir es, en parte, un proceso de desconexión. Si el entorno se percibe como “incompleto” o saturado, para algunas personas se vuelve más difícil soltar.
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La promesa realista es modesta y, justamente por eso, poderosa: diez minutos para que el último cuadro del día sea más tranquilo y el primero, más amable.