En muchas cocinas, el ajo y el aceite de oliva se encuentran a diario: en una tostada rápida, en una ensalada improvisada o en esa pasta que “se arregla” en 10 minutos. Lo interesante es que, juntos, forman una dupla con potencial para cuidar el corazón, siempre que no se vendan como milagro ni se preparen de cualquier manera.
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¿Para qué sirve el ajo mezclado con aceite de oliva?
A nivel cardiovascular, se asocia con tres frentes principales:
El ajo aporta compuestos azufrados (como la alicina, que se forma al machacarlo) estudiados por su posible efecto modesto en la presión arterial y en algunos marcadores de lípidos, especialmente en personas con valores elevados. No es magia: los resultados varían y dependen de dosis, constancia y estado de salud.
El aceite de oliva virgen extra suma ácido oleico y polifenoles, protagonistas de la dieta mediterránea, vinculados con un mejor perfil cardiovascular cuando reemplazan grasas menos saludables.
Juntos, el aceite funciona como “vehículo” culinario: ayuda a incorporar el ajo de forma agradable y constante (sin sentir que uno está tomando un suplemento disfrazado).
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Cómo preparar aceite de ajo “medicinal” de forma segura
Aquí viene el punto menos romántico: el ajo en aceite, si se guarda mal, puede favorecer el botulismo. Para evitar riesgos, la regla es simple: frío y poco tiempo.
Receta segura (uso doméstico):
- Pelar y machacar 3–5 dientes de ajo (activar alicina). Esperar 10 minutos.
- Mezclar con 200 mililitros de aceite de oliva virgen extra en frasco limpio.
- Refrigerar inmediatamente.
- Usar en 3–7 días y desechar el resto. No guardar a temperatura ambiente.
Hack práctico: si lo querés más suave, calentá el aceite a fuego muy bajo con los ajos sin freírlos (que no humee), dejá templar y refrigerá igual. Pierde parte del “golpe” del ajo crudo, pero gana en tolerancia digestiva.
Cómo tomarlo sin complicarte
Pensá en dosis culinarias, no farmacéuticas: 1 cucharadita a 1 cucharada al día en tostadas, verduras, legumbres o ensaladas.
Si tu objetivo es el corazón, ayuda más la constancia y el reemplazo de grasas que una “toma” puntual.
Cuándo conviene evitarlo o consultarlo
Si tomás anticoagulantes o antiagregantes, tenés cirugía próxima, sufrís reflujo importante o te cae pesado el ajo, mejor hablarlo con un profesional.
Y si ya tenés tratamiento para presión o colesterol: esto puede acompañar hábitos, no sustituir medicación.